Sé que llegaste hasta aquí porque la adrenalina te pedía más y no podías quedarte con la duda de qué pasó en ese rincón de la hacienda. ¿Alguna vez has sentido que el tiempo se detiene justo antes de que todo estalle? Esa era la sensación que asfixiaba el aire dentro de la biblioteca de «La Esperanza», la propiedad que alguna vez fue el símbolo del poder absoluto de Don Aurelio.
Don Aurelio no era un hombre de pánico. Sus sesenta años los llevaba marcados en la piel como cicatrices de batallas que muchos ni siquiera se atreverían a soñar. Pero esa noche era distinta. El silencio que rodeaba la casa no era el de la paz del campo, sino el de los lobos que esperan el momento exacto para saltar sobre su presa.
A su lado, Mateo, su mano derecha y casi un hijo, apretaba la empuñadura de su arma con tal fuerza que los nudillos se le veían blancos, casi transparentes. Mateo era joven, impetuoso, de los que creen que el plomo puede solucionar cualquier dilema del destino.
—Don Aurelio, tienen bloqueada la entrada norte, el camino de los pinos y hasta el sendero del río —susurró Mateo, con la voz quebrada por una mezcla de rabia y miedo—. Nos tienen en una caja de fósforos y ya encendieron la mecha. Solo queda salir y llevarnos a cuantos podamos por delante.
El viejo líder no respondió de inmediato. Caminó hacia el gran ventanal de madera de caoba, observando las sombras que se movían entre los árboles. Sabía que afuera había al menos treinta hombres, todos armados hasta los dientes, esperando la orden de su antiguo rival para convertir esa mansión en un cementerio.
—La muerte es una invitada que siempre llega, Mateo —dijo Don Aurelio con una calma que erizaba la piel—. Pero yo decido si la dejo pasar por la puerta principal o si la hago esperar en el porche.
Aurelio se sirvió un último trago de whisky. El cristal del vaso tintineó suavemente contra la botella. Cada movimiento suyo era lento, calculado. En su mente, no estaba repasando sus pecados, sino cada centímetro cuadrado de la propiedad que él mismo había diseñado décadas atrás.
—Ellos creen que conocen este lugar porque lo han vigilado con drones y traidores —continuó el patrón, dejando el vaso sobre la mesa—. Pero hay cosas que no se ven desde el cielo ni se compran con dinero. Hay secretos que solo se graban en la memoria de quien puso la primera piedra.
Mateo lo miró confundido. Estaban rodeados. No había helicópteros, no había refuerzos, y las rutas de escape habituales eran ahora trampas mortales. ¿A qué se refería el viejo? El joven sentía que el tiempo se les escapaba entre los dedos.
—Don Aurelio, con todo respeto, no es momento para acertijos —insistió Mateo, asomándose por la cortina—. Ya están cruzando la primera valla. En cinco minutos estarán golpeando esa puerta. Dígame qué vamos a hacer, o deme la bendición para irme peleando.
Aurelio sonrió de una manera casi imperceptible. Se acercó a la enorme chimenea que nunca se encendía, una pieza de piedra rústica que parecía fuera de lugar en medio de tanto lujo.
—Mateo, en este negocio, el que corre más rápido no siempre es el que llega. A veces, el que mejor sabe esconderse es el que sobrevive para contar la historia. Acércate.
El ruido de una explosión lejana, probablemente el portón principal siendo derribado, hizo que las paredes vibraran. El polvo cayó del techo como una nieve grisácea. Los gritos de los atacantes ya se escuchaban en el patio, órdenes secas, pasos pesados sobre la grava.
—Escúchame bien —dijo Aurelio, poniendo una mano sobre el hombro de Mateo—. Hoy no vamos a morir. Pero a partir de hoy, Don Aurelio y su sombra habrán dejado de existir para el mundo. ¿Estás dispuesto a dejarlo todo atrás, incluso tu nombre?
Mateo asintió sin dudar. No tenía a nadie más en el mundo. Sus padres habían muerto hacía años y su única lealtad era hacia el hombre que lo sacó de las calles cuando no era más que un niño con hambre.
—Entonces, olvida las balas. Hoy vamos a usar el ingenio.
Aurelio presionó un relieve casi invisible en el lateral de la chimenea. No hubo un sonido cinematográfico de engranajes, solo un clic seco, casi imperceptible entre el caos que se desataba afuera. Una parte del fondo de la chimenea se deslizó apenas unos centímetros, revelando una oscuridad profunda y fría.
—Es un túnel de ventilación que construí cuando puse los cimientos —explicó Aurelio en voz baja—. No lleva al bosque, ni a la carretera. Lleva a un lugar donde nadie pensaría en buscarnos. Pero tenemos que movernos ya.
Los pasos de los enemigos ya resonaban en el pasillo principal. Se escuchaba el estallido de las puertas al ser abiertas a patadas. La biblioteca era el último refugio. Mateo sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Entre primero, patrón —dijo Mateo, cubriendo la entrada con su arma—. Yo cierro por dentro.
Aurelio no discutió. Se deslizó por la estrecha abertura con una agilidad que sorprendió al joven. Mateo echó un último vistazo a la habitación que había sido su hogar durante años, respiró el olor a cuero y tabaco por última vez, y se sumergió en la negrura justo cuando la puerta de la biblioteca volaba en pedazos.
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