Sé que te morías por saber qué pasó después de ese portazo, y aquí tienes el resto de esta historia que te erizará la piel.
«—¡A mí no me hables de tiempos ni de turnos, muchacho! Ese pedazo de chatarra tiene que estar listo antes de que caiga el sol o me voy a encargar personalmente de que este taller sea historia!»
Las palabras de Don Rómulo retumbaron en las paredes de lámina del taller como si fueran martillazos. El hombre, vestido con un traje que costaba más que todas las herramientas del lugar juntas, escupió al suelo con desprecio, justo sobre las botas gastadas de Mateo.
Mateo, el mayor de los hermanos, no se inmutó. Tenía las manos negras de grasa y el rostro curtido por el sol de mediodía que caía implacable sobre el pueblo. A su lado, Esteban, apenas un joven de veinte años, apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
El taller de los «Hermanos Soler» era lo único que les quedaba. Su padre, Don Carmelo, se los había heredado con una sola instrucción: «Nunca dejen que nadie les quite el honor, porque eso es lo único que un hombre se lleva a la tumba».
Don Rómulo, el dueño de media municipalidad y de las conciencias de muchos, estaba acostumbrado a que su voluntad fuera ley. Había llegado con su camioneta blindada, una bestia de acero negra, exigiendo que repararan un golpe en la defensa delantera.
Pero no era un golpe cualquiera. Mateo lo había notado de inmediato. Había restos de pintura roja que no pertenecían a otro vehículo, y un rastro de algo que parecía… tela.
«—Don Rómulo, ya le dije que tengo tres carros por delante —respondió Mateo con una calma que ponía los pelos de punta—. Además, ese golpe en su defensa… se ve feo. Parece que se llevó algo por delante en la carretera de la montaña.»
El silencio que siguió fue denso, pesado. Se podía escuchar el zumbido de las moscas y el goteo de aceite de un viejo motor cercano. Don Rómulo dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Mateo. Su aliento a tabaco y alcohol caro inundó el aire.
«—Lo que parezca o deje de parecer no es asunto tuyo, muerto de hambre —siseó el hombre—. Me lo arreglas ahora. Sin preguntas. Sin mirar más de la cuenta. ¿O es que quieres que mañana vengan los inspectores y encuentren ‘irregularidades’ en este nido de ratas?»
Esteban dio un paso adelante, pero Mateo le puso una mano en el pecho para frenarlo. Sabía que su hermano era impulsivo y que una palabra mal dicha en ese momento sería la excusa perfecta para que el magnate cumpliera su amenaza.
«—Mi hermano solo dice que estamos llenos de trabajo, señor —dijo Esteban, tratando de controlar el temblor de su voz por la rabia—. No es falta de respeto, es que cumplimos nuestra palabra con los vecinos que ya pagaron.»
Don Rómulo soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Sacó una billetera de piel de cocodrilo y extrajo un fajo de billetes de alta denominación. Los lanzó al suelo, esparciéndolos sobre el polvo y la grasa.
«—Ahí tienen para que se compren una vida nueva —dijo con desdén—. Limpien esa defensa, pinten y olviden que vieron algo rojo. Tienen tres horas. Si cuando regrese el trabajo no es perfecto, este taller amanecerá bajo precinto federal.»
El hombre dio media vuelta, subió a un segundo vehículo que lo escoltaba y se marchó dejando una nube de polvo que obligó a los hermanos a toser.
Mateo se quedó mirando el dinero en el suelo. Eran miles de pesos. Más de lo que ganaban en tres meses de trabajo duro. Esteban se agachó para recoger un billete, pero la voz de su hermano lo detuvo en seco.
«—No lo toques, Esteban.»
«—Pero Mateo… es mucha plata. Con esto podemos pagar la deuda de la casa y comprar la prensa hidráulica que tanto querías.»
Mateo caminó hacia la camioneta negra. Se puso de cuclillas frente a la defensa dañada. Con un trapo limpio, removió un poco de la suciedad y sus peores miedos se confirmaron. Entre la grieta del faro, había una fibra de lana roja.
La misma lana roja de los rebozos que usaba Doña Clara, la anciana que vendía dulces en la curva de la escuela y que, casualmente, no se había visto en el pueblo desde la noche anterior.
Un escalofrío recorrió la espalda de Mateo. No era solo un choque. Era un crimen. Y Don Rómulo quería que ellos fueran sus cómplices por unos cuantos billetes.
«—Esa plata está manchada de sangre, hermano —dijo Mateo con la voz quebrada—. Si aceptamos esto, el viejo Carmelo se levantaría de su tumba para escupirnos en la cara.»
Esteban comprendió de inmediato. El brillo de la ambición en sus ojos fue reemplazado por un miedo profundo. Sabían de lo que era capaz Don Rómulo. Sabían que la policía local comía de su mano. Estaban solos en medio de un pueblo que prefería callar para no morir.
«—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Esteban en un susurro—. Si no lo hacemos, nos destruye. Si lo hacemos, cargaremos con esto toda la vida.»
Mateo miró hacia el fondo del taller, donde su padre guardaba un viejo baúl de madera bajo una lona. Recordó que su padre siempre decía que «la mejor herramienta no es la llave inglesa, sino la memoria».
«—Vamos a trabajar, Esteban —dijo Mateo con una determinación nueva—. Pero no vamos a hacer lo que él pidió. Vamos a hacer lo que es correcto.»
Los hermanos se miraron. En ese momento, el taller dejó de ser un simple negocio de reparaciones para convertirse en el escenario de una batalla de David contra Goliat. Mateo sabía que estaban poniendo sus vidas en riesgo, pero el peso de la injusticia era más insoportable que el miedo a la muerte.
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