Continuamos con la historia justo cuando los hermanos deciden enfrentar su destino…
El trabajo comenzó, pero no de la forma en que Don Rómulo esperaba. Mateo le pidió a Esteban que cerrara las puertas pesadas del taller. No querían ojos curiosos. El calor dentro del local se volvió sofocante, pero ninguno de los dos se detuvo a secarse el sudor.
«—Necesito que busques la cámara vieja, la que papá usaba para documentar los siniestros de los seguros —ordenó Mateo mientras se colocaba unos guantes de látex.»
Con una precisión de cirujano, Mateo empezó a documentar cada centímetro de la camioneta. Fotografió el impacto, las fibras rojas atrapadas en el metal, y un detalle que se le había escapado a simple vista: una pequeña abolladura en el capó que tenía la forma inconfundible de una mano humana.
Cada clic de la cámara era un clavo en el ataúd de su tranquilidad. Estaban reuniendo pruebas contra el hombre que podía borrarlos del mapa con una llamada.
«—Mateo, tengo miedo —confesó Esteban mientras sostenía la lámpara—. Miembros de la familia de Don Rómulo han salido impunes de cosas peores. ¿Qué nos asegura que esto servirá de algo?»
Mateo se detuvo y miró a su hermano menor. Vio en él el reflejo de la juventud que quiere un mundo justo pero que se estrella contra la realidad de la corrupción.
«—Nada nos lo asegura, Esteban. Pero si no hacemos nada, somos iguales a él. ¿Quieres dormir esta noche sabiendo que Doña Clara está tirada en una zanja mientras nosotros arreglamos el carro del que la mató?»
Esteban bajó la mirada, avergonzado. La mención de Doña Clara, una mujer que siempre les regalaba dulces cuando eran niños, fue el impulso que necesitaba.
«—Tienes razón. ¿Qué sigue?»
«—Vamos a limpiar la camioneta, tal como pidió. Pero no vamos a borrar las huellas. Vamos a usar esa pintura que compramos para el camión de bomberos, la que es reactiva a la luz ultravioleta bajo ciertas capas. Si alguien sabe buscar, la verdad brillará aunque la cubran con mil capas de barniz.»
Durante las siguientes dos horas, los hermanos trabajaron con una rapidez frenética. Mateo, un maestro en el arte de la hojalatería, dejó la defensa como nueva. A simple vista, era imposible notar que aquel vehículo había golpeado algo. Pero por dentro, en los recovecos del chasis, Mateo ocultó un pequeño dispositivo: una memoria USB protegida en una bolsa de plástico, pegada con resina industrial en un lugar donde solo un mecánico experto buscaría.
En esa memoria estaban las fotos, los videos del daño original y una declaración grabada por ambos hermanos detallando las amenazas de Don Rómulo.
Faltaban quince minutos para que se cumpliera el plazo cuando el rugido de motores se escuchó afuera. Don Rómulo no venía solo. Dos camionetas más lo escoltaban, llenas de hombres con rostros inexpresivos y bultos bajo las chaquetas que no dejaban lugar a dudas sobre sus intenciones.
Don Rómulo bajó de su vehículo con una sonrisa de suficiencia. Caminó hacia su camioneta negra, que ahora brillaba bajo el sol de la tarde como si acabara de salir de la agencia.
«—Vaya, vaya… parece que el hambre es una excelente motivación —dijo el magnate, pasando su dedo por la defensa—. Un trabajo impecable. Casi me hace olvidar lo impertinentes que fueron hace unas horas.»
Mateo se mantuvo firme, con las manos detrás de la espalda. Esteban estaba unos pasos atrás, intentando que no se notara el temblor de sus piernas.
«—El trabajo está hecho, señor. Tal como lo pidió —dijo Mateo con voz neutra.»
Don Rómulo miró el dinero que aún seguía en el suelo, ahora pisoteado y cubierto de polvo. Se rió y le hizo una señal a uno de sus hombres. El sujeto recogió los billetes y se los entregó a Mateo, quien esta vez los tomó sin rechistar.
«—Sabía que entrarían en razón. Todos tienen un precio, muchachos. El de ustedes resultó ser bastante barato.»
Pero justo cuando Don Rómulo se disponía a subir a su camioneta, el jefe de la policía local, el Comandante Vargas, apareció en la entrada del taller. El ambiente se congeló. Vargas era conocido por ser el «perro fiel» de Rómulo, pero su rostro hoy traía una palidez inusual.
«—Don Rómulo… tenemos un problema —dijo Vargas, evitando mirar a los hermanos.»
«—¿Qué pasa ahora, Vargas? ¿No ves que estoy ocupado?»
«—Es Doña Clara. Su cuerpo apareció hace una hora en el kilómetro 14. Hay testigos, señor. Alguien vio una camioneta negra huir del lugar. Y el pueblo… el pueblo está empezando a amontonarse frente a la estación. Están furiosos.»
Rómulo se puso tenso, pero su arrogancia no cedió. Señaló su camioneta recién reparada con una confianza aterradora.
«—¿Una camioneta negra? Debe haber miles en el estado. Mira esta belleza, Vargas. Ni un rasguño. Estos muchachos pueden dar fe de que el vehículo ha estado aquí todo el día para un mantenimiento de rutina, ¿verdad, Mateo?»
La mirada de Don Rómulo se clavó en Mateo como un puñal. Era una orden directa. Un perjurio que les garantizaría protección o un silencio que les costaría la vida.
El Comandante Vargas miró a Mateo, esperando la respuesta que cerraría el caso para siempre. Esteban contuvo el aliento. El silencio en el taller era tan absoluto que se podía oír el latido del corazón de los presentes.
Mateo dio un paso al frente. Miró el fajo de billetes en su mano y luego miró a Don Rómulo.
«—Es verdad —dijo Mateo, y Esteban sintió que el mundo se le caía encima—. Esta camioneta está impecable ahora.»
Don Rómulo sonrió con triunfo. Pero la sonrisa le duró poco.
«—Pero lo que Don Rómulo olvida —continuó Mateo, elevando la voz para que se escuchara hasta la calle— es que en este taller no solo arreglamos motores. También tenemos cámaras de seguridad de alta definición que graban la entrada y salida de cada vehículo con su hora exacta. Y mi hermano y yo acabamos de subir a la nube el video de cómo llegó esta camioneta hace dos horas: con la defensa destrozada y restos de un rebozo rojo.»
La cara de Don Rómulo pasó del triunfo a una furia volcánica. El Comandante Vargas retrocedió un paso, dándose cuenta de que la situación se le escapaba de las manos. Los hombres armados de Rómulo llevaron sus manos a sus cinturas.
«—¡Estás muerto, infeliz! —gritó Rómulo—. ¡Vargas, detén a estos mentirosos ahora mismo!»
«—No puede hacerlo, Comandante —intervino Esteban, sacando su propio teléfono—. El video ya está circulando en el grupo de Facebook del pueblo. Hay más de mil personas compartiéndolo ahora mismo. Si nos pasa algo a nosotros o al taller, todo el mundo sabrá que usted fue el cómplice.»
En ese instante, a lo lejos, se empezó a escuchar un sonido que Don Rómulo no había oído en décadas: el grito de una multitud enfurecida que se acercaba al taller. El pueblo, cansado de años de abusos, finalmente había encontrado la chispa para estallar.
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