Seguimos exactamente donde quedó la escena, con el corazón en un hilo mientras la oscuridad los envuelve…
El espacio dentro del túnel era tan estrecho que apenas podían mover los hombros. El aire olía a tierra vieja y a un encierro de décadas. Arriba, a pocos centímetros de sus cabezas, se escuchaba el caos. Los hombres de «El Jaguar», el rival que los buscaba, estaban destrozando la biblioteca.
—¡Aquí no están! —gritó una voz áspera que retumbó a través de las paredes—. ¡Revisen hasta debajo de las alfombras! ¡No pueden haber desaparecido por arte de magia!
Mateo contenía la respiración. Podía sentir el calor del cuerpo de Don Aurelio justo delante de él. Estaban literalmente bajo los pies de sus enemigos. Si alguien disparaba al suelo por frustración, o si descubrían el mecanismo de la chimenea, estarían atrapados como ratas en una alcantarilla.
—Mantén la calma, muchacho —le susurró Aurelio al oído, tan bajo que era apenas un aliento—. Sus gritos son música. Significa que están ciegos. Mientras sigan gritando, estamos a salvo.
Avanzaron a tientas. Aurelio guiaba con una mano en la pared, contando los pasos. El túnel no descendía, sino que se mantenía a nivel del suelo, serpenteando por debajo de la estructura de la casa. Mateo se dio cuenta de que no estaban saliendo de la propiedad, sino moviéndose hacia el centro de la misma.
—¿A dónde vamos, patrón? —preguntó Mateo en un susurro apenas audible—. Si nos quedamos dentro del perímetro de la casa, tarde o temprano van a prenderle fuego a todo para asegurarse de que no quedemos vivos.
—Esa es la idea, Mateo —respondió Aurelio con una frialdad que asustó al joven—. Deja que quemen. Deja que destruyan. Para que alguien nazca de nuevo, primero tiene que ser ceniza.
Llegaron a una pequeña cámara, apenas un cubo de concreto de dos metros por dos. En el centro, había una escalera de hierro que subía hacia lo que parecía ser el techo. No había salida lateral. Mateo miró hacia arriba con desesperación.
—¿Subir? ¡Nos van a ver desde los árboles! —exclamó Mateo, olvidando por un segundo el volumen de su voz.
Aurelio le puso un dedo en los labios. Con la otra mano, señaló una serie de monitores viejos que estaban empotrados en la pared de concreto, alimentados por una batería independiente. En las pantallas, granuladas y en blanco y negro, se veía el exterior de la casa.
Los hombres de «El Jaguar» estaban volcando los autos, disparando a las ventanas y rociando gasolina en la entrada. Era una masacre de objetos y recuerdos. Don Aurelio observaba con una expresión impasible, como si estuviera viendo una película aburrida.
—Mira bien —dijo Aurelio, señalando una de las cámaras—. ¿Ves ese viejo pozo de agua que está junto al cobertizo de las herramientas?
Mateo asintió. Era un pozo decorativo, cubierto de hiedra, que supuestamente estaba seco desde hacía cincuenta años.
—Ese pozo tiene un fondo falso. Pero no vamos a salir por ahí. Vamos a esperar a que ellos crean que ya ganaron. «El Jaguar» vendrá en persona a ver mi cadáver. Él no se perdería ese espectáculo por nada del mundo. Y cuando él esté aquí, rodeado de su gente, celebrando sobre mis cenizas… ese será nuestro momento.
—No entiendo, patrón. Somos dos contra treinta. Por mucho que nos escondamos, no podemos enfrentarlos a todos —dijo Mateo, sintiendo que la lógica del viejo se le escapaba.
—No vamos a enfrentarlos, Mateo. Vamos a desaparecer delante de sus ojos.
Durante las siguientes tres horas, el mundo sobre ellos se convirtió en un infierno. El olor a humo empezó a filtrarse por las rendijas de ventilación. El calor se volvió sofocante. Mateo sudaba a mares, sintiendo que las paredes de concreto se cerraban sobre él. Escuchaban los gritos de júbilo de los atacantes mientras las llamas consumían la mansión.
De repente, un silencio pesado cayó sobre la propiedad. A través de los monitores, vieron llegar una camioneta negra blindada. De ella bajó un hombre alto, vestido con un traje que costaba más que la vida de cualquiera de sus sicarios. Era «El Jaguar».
Caminó entre las ruinas humeantes con una sonrisa de satisfacción. Se detuvo frente a lo que quedaba de la biblioteca.
—¡Aurelio! —gritó el hombre, y su voz llegó clara hasta la cámara subterránea a través de un micrófono oculto que el patrón había instalado—. ¡Sé que me escuchas, estés donde estés, vivo o asándote como un pollo! ¡Se acabó! ¡Tú imperio es mío, tu tierra es mía y tu nombre será olvidado antes de que amanezca!
Don Aurelio se acercó a un panel de control rústico al lado de los monitores. Sus dedos, largos y seguros, se posaron sobre una palanca roja.
—Mateo —dijo el patrón, mirando al joven a los ojos—. En la vida hay dos tipos de hombres: los que construyen muros para protegerse y los que construyen salidas que nadie ve. Prepárate. En cuanto tire de esta palanca, tendremos exactamente sesenta segundos para llegar al final del conducto.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Mateo, con el arma lista.
—Va a pasar que «El Jaguar» va a recibir el regalo que tanto quería. El final de Don Aurelio.
Aurelio tiró de la palanca. Un sonido profundo, como un rugido sordo, empezó a vibrar en el suelo. No era una explosión de dinamita, sino algo mucho más masivo. Los monitores mostraron cómo el suelo del patio trasero empezaba a hundirse.
—¡Ahora, corre! —ordenó Aurelio.
Subieron por la escalera de hierro a una velocidad increíble. Salieron a un conducto estrecho que corría justo por debajo del lecho de un arroyo cercano que pasaba por la propiedad. El agua fría corría por encima de sus cabezas, separada solo por una capa de acero y concreto. El ruido del agua ocultaba cualquier sonido de sus pasos.
Mientras corrían, una serie de explosiones controladas empezaron a sacudir la superficie. Aurelio había minado los cimientos de la casa con cargas de gas. No para matar a todos, sino para crear una cortina de fuego y humo tan densa que nadie pudiera ver a diez metros de distancia.
Llegaron al final del conducto, una compuerta pesada que se abría hacia una cueva natural a casi quinientos metros de la casa, oculta por la densa vegetación del barranco. Al salir, el aire fresco de la noche golpeó sus rostros.
Mateo se giró para mirar hacia atrás. La hacienda «La Esperanza» era una bola de fuego gigante bajo el cielo estrellado. El estruendo era ensordecedor.
—Están muertos… —susurró Mateo, jadeando—. «El Jaguar» y todos sus hombres… deben estar atrapados ahí.
—No todos —dijo Aurelio, limpiándose el polvo de la chaqueta—. «El Jaguar» sobrevivirá. Es una rata escurridiza. Pero lo que no sobrevivirá es su obsesión. Mañana, los periódicos dirán que Don Aurelio murió en el incendio de su propia fortaleza. No encontrarán restos, solo cenizas y metal fundido. Y eso, Mateo, es la libertad más absoluta.
Pero justo cuando Mateo iba a celebrar, un ruido de ramas quebrándose detrás de ellos los hizo congelarse. En la oscuridad del barranco, dos luces rojas se encendieron. Eran los visores nocturnos de un equipo de élite que no estaba con «El Jaguar».
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