Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino parece haberles dado la espalda…
El cañón del arma quemaba contra la piel de Elena, pero ella no se movía. Fuera, en el patio central, los gritos de los reclusos y las detonaciones de las escopetas de gas lacrimógeno creaban una sinfonía de guerra. Mateo la arrastraba hacia el pasillo que conectaba con la torre de control, usándola para cubrir sus puntos ciegos.
—Mateo, mírame —susurró Elena, ignorando el dolor del brazo de él apretando su garganta.
—¡Cierra la boca! —rugió él—. No me digas así. Soy el 4052. ¡Soy El Lobo! Y si das un paso en falso, te vuelo la tapa de los sesos antes de que los de la torre me llenen de plomo a mí.
Él no comprendía. Para Mateo, ella era solo un uniforme azul, un símbolo del sistema que lo había molido a golpes desde que era un adolescente. No veía a la mujer que había pasado noches enteras llorando frente a los expedientes de niños desaparecidos. No veía a la niña que le guardaba la mitad de su pan cuando sus padres no estaban.
—Escúchame bien —insistió ella, aprovechando que se habían detenido tras una pesada puerta de acero para evitar a una patrulla de guardias que corría hacia el motín—. En el bolsillo derecho de mi chaqueta hay un sobre. Tómalo.
—¿Crees que soy idiota? Vas a intentar sacar otra arma —dijo Mateo, apretando más el agarre.
—¡No es un arma! —gritó ella, y por primera vez, Mateo sintió una vibración en la voz de la guardia que lo hizo dudar. No era la voz de una autoridad. Era un ruego desgarrador—. Es una foto. Una foto de la calle San Juan, de la casa con la puerta azul.
Mateo se quedó petrificado. Sus dedos, que estaban listos para apretar el gatillo, temblaron ligeramente. El nombre de esa calle… la puerta azul… Eran recuerdos que él había enterrado bajo capas de cemento y violencia para poder sobrevivir en la cárcel. Eran los únicos fragmentos de luz en su memoria oscura.
Con un movimiento torpe, manteniendo el arma contra ella, metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta de Elena. Sacó un sobre arrugado y, al abrirlo, una pequeña fotografía cayó al suelo. En ella, dos niños sonreían frente a una casa humilde. La niña tenía una cinta roja en el pelo; el niño, un pequeño camión de madera en la mano.
Mateo soltó un gruñido que sonó más a un sollozo ahogado que a un rugido de lobo. Su mano comenzó a bajar el arma. Sus ojos, antes inyectados de odio, se fijaron en la nuca de Elena.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó con voz quebrada—. ¿Quién eres?
Elena se giró lentamente. Por fin, después de 25 años, estaba frente a él sin rejas de por medio, sin el cristal de las visitas. Se quitó la gorra del uniforme, dejando caer su cabello, y lo miró directamente a los ojos.
—Te busqué en cada albergue, en cada correccional, en cada morgue de este país, Mateo. Me hice guardia para entrar aquí porque sabía que no te dejarían salir vivo si seguías por este camino.
—¿Elena? —la palabra salió de sus labios como un susurro prohibido.
En ese momento, el monitor de una de las cámaras de seguridad que colgaba en la esquina del pasillo emitió un pitido. La central los había localizado. Una voz metálica retumbó por los altavoces: «Unidad 4, tenemos una situación de rehén en el pasillo 12. Procedan con fuerza letal si es necesario».
Elena sabía que el tiempo se había agotado. El equipo de respuesta rápida llegaría en menos de dos minutos. No tenían escapatoria, y si los encontraban así, Mateo sería ejecutado en el acto bajo la excusa de proteger a una oficial.
—Dame el arma —le pidió ella con calma.
—No… Elena, vete. Si te ven conmigo, te van a juzgar por cómplice. Me van a matar de todos modos —dijo Mateo, tratando de empujarla hacia la salida de emergencia.
—No te voy a perder otra vez —sentenció ella con una determinación de hierro.
Elena tomó una decisión desesperada. Sabía que los ojos del mundo —o al menos, los ojos de los operarios de la prisión— estaban puestos en ellos a través del lente de la cámara. Se posicionó frente al lente, cubriendo a Mateo con su cuerpo, y levantó las manos, pero no en señal de rendición, sino para hacer algo que nadie esperaba.
Miró fijamente a la cámara, como si estuviera hablando con cada persona que, desde el otro lado, observaba la escena con morbo o indiferencia. Sabía que esa grabación sería la única evidencia de la verdad.
—¡Escuchen bien! —gritó Elena hacia el micrófono de la pared—. Este hombre no es un rehén, y yo no soy su víctima. ¡Este hombre es mi hermano! ¡Y si le disparan a él, tendrán que dispararme a mí primero!
Mateo, el temido «Lobo», se derrumbó de rodillas detrás de ella. El peso de veinticinco años de soledad, de creerse olvidado por el universo, le cayó encima de golpe. La guardia que él había intentado usar como escudo estaba ahora dispuesta a morir por él.
Los pasos pesados de las botas de combate de los refuerzos se escuchaban cada vez más cerca. El eco de los escudos golpeando las paredes anunciaba la llegada del equipo táctico. Elena no se movió. Se mantuvo firme, protegiendo al hombre que el mundo llamaba monstruo, pero que ella seguía viendo como el niño del camión de madera.
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