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Secretos Guardados

El precio de una traición: El hijo que el dinero le dio y el corazón que la codicia le robó

6 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento en que la duda empieza a pesar más que el afecto…

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Roberto revolvía las cajas en el ático con una desesperación mal contenida.

El calor en esa parte de la casa era sofocante, y el polvo le hacía estornudar.

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—¡Maldito viejo y sus tradiciones! —masculló entre dientes.

Estaba tan cerca de la gloria que cualquier retraso lo ponía al borde de un ataque de nervios.

Finalmente, encontró una pequeña caja de madera de sándalo.

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Al abrirla, no solo estaba el sello de lacre, sino también un sobre amarillento con el nombre de Alfonso escrito en una caligrafía elegante.

La curiosidad, esa compañera constante de los ambiciosos, le ganó.

Abrió el sobre y leyó rápidamente.

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Era una carta de la difunta esposa de Alfonso, escrita semanas antes de morir.

En ella, le pedía a Alfonso que tuviera cuidado con las personas que se acercaran a él por su fortuna.

«Alfonso, tu corazón es demasiado grande para este mundo de lobos. Prométeme que nunca entregarás lo que construimos sin antes probar la lealtad de quien lo reciba».

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Roberto arrugó la carta y la guardó en su bolsillo.

—Llegas tarde con tus consejos, vieja —susurró con una sonrisa fría.

Bajó las escaleras tratando de recuperar su máscara de hijo abnegado.

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Al entrar al despacho, encontró a Alfonso sentado de espaldas, mirando por la ventana.

—Aquí está el sello, Don Alfonso. Lo encontré.

Alfonso se giró lentamente. Sus ojos parecían un poco enrojecidos.

—Gracias, Roberto. Eres muy eficiente.

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El anciano tomó el sello, encendió una pequeña vela y dejó caer una gota de cera roja sobre el papel.

Luego, con una firmeza que sorprendió a Roberto, estampó el sello justo al lado del espacio para la firma.

—Ahora sí —dijo Alfonso—, pero antes de firmar, quiero pedirte un último favor.

Roberto sintió que los nervios lo traicionaban.

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—Lo que usted pida, Don Alfonso.

—Llama a Doña Rosa. Quiero que ella sea testigo de este momento.

Doña Rosa era la ama de llaves que había trabajado en la casa por más de cuarenta años.

Era una mujer de pocas palabras, pero de ojos observadores que siempre habían incomodado a Roberto.

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Ella lo veía a través de su fachada, y él lo sabía.

—¿Es necesario, Don Alfonso? Es un asunto privado de negocios —objetó Roberto.

—Rosa es parte de esta familia —sentenció el viejo con autoridad—. Sin ella, no firmo.

Roberto no tuvo más remedio que obedecer.

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Salió al pasillo y llamó a la mujer.

Rosa entró al despacho con su delantal impecable y sus manos entrelazadas al frente.

No miró a Roberto; su mirada estaba fija en Alfonso.

—¿Me llamaba, señor? —preguntó con voz suave.

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—Sí, Rosa. Quiero que seas testigo de que voy a poner mi futuro en manos de Roberto.

—Él dice que este contrato es lo mejor para nosotros. ¿Tú qué piensas?

El silencio que siguió fue asfixiante.

Roberto sentía que el sudor le bajaba por la espalda.

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Rosa miró el contrato, luego miró a Roberto, y finalmente a su patrón.

—Yo pienso, señor, que usted siempre ha sido un hombre sabio.

—Y que la sabiduría no se pierde con los años, sino que se hace más profunda.

—Si usted confía en el joven Roberto, entonces no hay nada más que decir.

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Alfonso asintió. Parecía satisfecho con la respuesta.

Tomó la pluma una vez más.

Roberto sentía que podía escuchar los latidos de su propio corazón, como tambores de guerra.

El trazo comenzó. A-l-f-o-n-s-o…

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La firma era elegante, llena de rúbricas que hacían imposible su falsificación.

Cuando terminó, Alfonso dejó la pluma sobre la mesa y soltó un largo suspiro.

—Ya está hecho, Roberto. Todo es tuyo ahora.

Roberto sintió una descarga de adrenalina pura.

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Quería gritar de alegría, quería correr hacia la puerta y no volver a ver esa cara llena de arrugas nunca más.

Pero tenía que mantener el papel un poco más.

—Gracias, Don Alfonso. No se arrepentirá. Cuidaré esto con mi vida.

—Lo sé, hijo. Lo sé.

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En ese momento, el teléfono del despacho sonó.

Era una llamada externa. Alfonso hizo un gesto para que Roberto contestara.

—Debe ser del banco —dijo el viejo—. Atiéndelos tú, ahora eres el responsable.

Roberto tomó el auricular con una confianza renovada.

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—¿Diga? —respondió con voz imperiosa.

Del otro lado, una voz fría y profesional habló:

—¿Hablo con el señor Roberto Valadez?

—Sí, soy yo.

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—Le hablamos de la Fiscalía Central. Tenemos una orden de comparecencia a su nombre por una investigación de fraude y suplantación de identidad en curso.

El rostro de Roberto se puso pálido, del color de la cera que acababan de usar.

—¿De qué está hablando? Debe haber un error —tartamudeó.

Miró a Alfonso, pero el anciano seguía mirando por la ventana, tranquilo.

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—No hay error, señor Valadez —continuó la voz—. Sus cuentas han sido congeladas preventivamente.

—Y tenemos testimonios que lo vinculan con una red de estafas a personas de la tercera edad.

Roberto colgó el teléfono, su mano temblaba violentamente.

—¿Qué pasa, Roberto? ¿Malas noticias? —preguntó Alfonso sin darse la vuelta.

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—Yo… yo tengo que salir un momento. Un asunto urgente con un socio.

Roberto intentó tomar el contrato de la mesa, pero la mano de Doña Rosa se interpuso, presionando el papel contra la madera.

—Deje eso ahí, joven —dijo Rosa con una voz que ya no era suave, sino de acero.

Roberto intentó empujarla, pero en ese momento, la puerta del despacho se abrió.

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Dos hombres con trajes oscuros y placas de identificación entraron.

—Señor Valadez, queda usted detenido.

Roberto miró a Alfonso, buscando una explicación, una defensa, un grito de indignación.

Pero Alfonso se giró lentamente, y en su rostro no había sorpresa.

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Había una tristeza infinita, la tristeza de un padre que confirma que su hijo es un monstruo.

—¿Usted… usted sabía? —susurró Roberto, mientras los oficiales le ponían las esposas.

Alfonso se acercó a él. Sus pasos ya no parecían tan pesados.

—Roberto, te di mi confianza, te di mi cariño y te abrí las puertas de mi hogar.

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—Pero hace meses que sé quién eres en realidad.

—¿Pensaste que un hombre que levantó este imperio de la nada se dejaría engañar por un aprendiz de estafador?

Roberto estaba en shock. Todo su plan, toda su actuación… ¿había sido en vano?

—Entonces, ¿por qué me dejaste seguir? ¿Por qué firmaste el contrato?

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Alfonso tomó el documento de la mesa y se lo mostró.

—Léelo bien, Roberto. En el ático, estabas tan preocupado por mi sello que no te diste cuenta de algo.

—Mientras buscabas la caja, yo cambié las hojas del contrato.

—Lo que firmé no es una cesión de bienes.

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