Sabías que la tensión en aquel paraje desolado no podía terminar así, y aquí tienes el resto de esta historia que te cortó el aliento.
El viento soplaba con una saña inusual, levantando cortinas de polvo que se colaban por las rendijas de las camionetas blindadas. El sol, un disco naranja y furioso, comenzaba a esconderse tras las dunas, tiñendo el horizonte de un rojo que parecía premonitorio. Allí, en medio de la nada, el silencio era más peligroso que cualquier grito.
Mateo sentía que el aire se le escapaba de los pulmones. No era solo el calor sofocante del desierto, era la mirada de Don Valerio. Una mirada fría, gris como el acero, que no parpadeaba. El jefe no necesitaba alzar la voz para infundir terror; su calma era el preludio de la tormenta más devastadora.
—Repítelo, Mateo —dijo Don Valerio, ajustándose los puños de su camisa de lino blanco, impecable a pesar de la arena—. Dilo una vez más, despacio, para que el desierto también te escuche.
Mateo tragó saliva. Sentía la garganta como si hubiera ingerido lija. Sus manos, que normalmente eran firmes como rocas, temblaban de una forma que no podía controlar. Miró hacia el suelo, donde las sombras de los hombres armados se alargaban como garras sobre la tierra seca.
—Patrón… el maletín… el maletín de las marcas negras no está —logró articular Mateo con una voz que apenas reconoció como la suya—. Revisamos la carga tres veces antes de salir de la bodega. Estaba ahí. Yo mismo lo aseguré en el compartimento de seguridad. Pero ahora… ahora no aparece.
Un murmullo casi imperceptible recorrió al resto de los subordinados. Todos sabían lo que eso significaba. En el mundo de Don Valerio, las cosas no «desaparecían». O se entregaban, o se robaban. Y el robo se pagaba con la moneda más cara que existe.
Don Valerio caminó lentamente hacia la parte trasera de la camioneta principal. Cada paso de sus botas de piel sobre la grava sonaba como un disparo en la quietud de la tarde. Se detuvo frente al espacio vacío donde debería haber estado la pieza más valiosa del cargamento. Un maletín que no contenía dinero, sino algo mucho más peligroso: información y lealtades.
—¿Sabes qué es lo que más me duele de esto, Mateo? —preguntó el jefe, dándole la espalda, observando la inmensidad del desierto—. No es el contenido. Las cosas se recuperan. Las personas se reemplazan. Lo que me duele es que te consideraba mi mano derecha. Te di mi confianza, te abrí las puertas de mi casa, conociste a mi familia.
—¡Por mi madre que yo no fui, Patrón! —gritó Mateo, cayendo de rodillas. El impacto de sus huesos contra la tierra dura le arrancó una mueca de dolor, pero no le importó—. ¡Juro por lo más sagrado que no he tocado nada! He estado con usted diez años. Jamás le he faltado.
Don Valerio se giró lentamente. Su rostro no mostraba ira, sino una decepción profunda, casi melancólica. Hizo una señal con la mano y, de inmediato, «El Chacal», su jefe de seguridad, un hombre que parecía esculpido en granito, dio un paso al frente desenfundando su arma.
—Nadie abandona este lugar si el maletín no aparece —sentenció Don Valerio con una frialdad que congeló la sangre de todos los presentes—. Tenemos exactamente sesenta minutos antes de que la oscuridad total cubra este desierto. Y créanme, no querrán estar aquí cuando la luz se apague y mi paciencia se agote.
Mateo miró a su alrededor buscando un aliado, una cara conocida que pudiera dar fe de su integridad. Pero solo encontró rostros endurecidos por el miedo. Sus compañeros, hombres con los que había compartido comidas, risas y peligros, ahora lo miraban como si ya fuera un cadáver. Sabía que en ese negocio, la sospecha es tan letal como una bala.
El joven subordinado cerró los ojos un momento. En su mente apareció la imagen de su pequeña hija, Sofía, esperándolo en casa con un dibujo nuevo. Recordó la promesa que le hizo de que esta sería su última entrega, que finalmente se retiraría para poner ese pequeño taller mecánico que tanto soñaba. El destino parecía estarse burlando de él de la forma más cruel posible.
—Revisen todo —ordenó Don Valerio a los demás—. Desmantelen las camionetas si es necesario. Revisen hasta debajo de las piedras. Mateo, tú te quedas aquí, conmigo. Vamos a tener una conversación honesta, de esas que solo se tienen cuando el final está cerca.
El Chacal obligó a Mateo a ponerse de pie con un tirón brusco del brazo. Lo llevaron hacia una pequeña mesa plegable que habían instalado para la entrega. Sobre ella, solo había una botella de tequila y dos vasos de cristal. Un lujo absurdo en medio de tanta miseria y tensión.
Don Valerio sirvió un trago y se lo extendió a Mateo.
—Bebe —dijo—. Te va a hacer falta el valor. O quizás, te ayude a recordar ese pequeño detalle que «olvidaste» mencionar sobre quién más tuvo acceso a la carga.
Mateo tomó el vaso con manos temblorosas. El líquido le quemó la garganta, pero no logró disipar el frío que sentía en el pecho. Sabía que alguien lo estaba traicionando. Alguien dentro del grupo había planeado esto para incriminarlo. Pero, ¿quién? Y lo más importante, ¿dónde estaba el maletín?
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