Esa duda que te carcome el alma al ver a Don Alfonso con la pluma en la mano está a punto de resolverse, porque la verdadera historia comienza justo aquí.
¿Es posible que el amor de un padre sea tan ciego como para entregarle su vida entera a un lobo vestido de oveja?
Don Alfonso suspiró profundamente, el aire de su despacho olía a cuero viejo, tabaco de pipa y a una historia que estaba a punto de cambiar de rumbo para siempre.
Frente a él, Roberto mantenía una postura impecable.
Su traje italiano, sin una sola arruga, contrastaba con la sencillez de la guayabera blanca de Don Alfonso.
Roberto no era un extraño; para el viejo hacendado, ese joven brillante era el hijo que la vida le había negado.
Lo había rescatado de una situación difícil años atrás, o al menos eso era lo que Alfonso creía.
Desde entonces, Roberto se había convertido en su sombra, en su mano derecha y en el confidente de sus miedos más profundos.
—¿Estás seguro de esto, mi muchacho? —preguntó Alfonso, su voz temblando ligeramente por los años.
Roberto forzó una sonrisa llena de una calidez ensayada, de esas que abren puertas y cierran tratos.
—Don Alfonso, usted sabe que mi único interés es proteger su legado.
—Este fondo de inversión internacional es la única manera de que la hacienda siga siendo lo que es.
—Usted ya no tiene las fuerzas para lidiar con los bancos y los impuestos.
—Déjeme esa carga a mí. Se lo merece después de tanto trabajo.
Roberto extendió el documento sobre el escritorio de caoba maciza.
Eran hojas blancas, impolutas, llenas de cláusulas redactadas por abogados que él mismo había pagado para que parecieran inofensivas.
Pero en el fondo de esas letras pequeñas, se escondía el despojo total.
Si Alfonso firmaba, la mansión, las tierras, las cuentas bancarias y hasta los recuerdos pasarían a nombre de una corporación fantasma.
Una corporación cuyo único dueño era Roberto.
Don Alfonso tomó sus lentes, los limpió con el borde de su guayabera y se los colocó con parsimonia.
Sus manos, nudosas y curtidas por el sol de décadas, temblaban un poco.
No era por miedo al negocio, sino por la emoción de sentir que alguien se preocupaba por él.
—Me has cuidado tanto estos años, Roberto… —murmuró el anciano.
—Recuerdo cuando llegaste aquí, apenas un joven buscando una oportunidad.
—Hoy eres todo un hombre de negocios. Me siento orgulloso de ti.
Roberto sintió un leve pinchazo en el pecho, un vestigio de conciencia que intentó sofocar de inmediato.
No podía permitirse la debilidad.
Había pasado meses diseñando este plan, ganándose la confianza de cada empleado, de cada vecino.
Había estudiado los horarios de Don Alfonso, sus debilidades emocionales y su creciente soledad.
—Usted me dio todo, Don Alfonso —respondió Roberto, bajando la mirada para parecer humilde.
—Esto es lo mínimo que puedo hacer para devolverle un poco de su generosidad.
—Firme aquí, y mañana mismo empezaremos a ver los frutos de esta inversión.
Alfonso acercó la pluma al papel.
La punta de oro rozó la superficie blanca.
En ese momento, el reloj de péndulo en la esquina del despacho dio las tres de la tarde.
El sonido retumbó en el silencio, como una advertencia que solo el destino podía escuchar.
Roberto contenía la respiración.
Podía ver en su mente el yate en el que estaría en un mes, lejos de ese polvo y de ese olor a campo.
Podía verse en las capitales del mundo, gastando el dinero que el viejo había acumulado con sudor y sacrificio.
—Espera un momento —dijo de pronto Alfonso, deteniendo el trazo.
El corazón de Roberto dio un vuelco. ¿Acaso se había dado cuenta?
¿Había leído la cláusula de cesión de derechos totales?
—¿Pasa algo, Don Alfonso? —preguntó con una voz que intentaba mantenerse firme.
—Me falta algo importante —respondió el anciano, buscando entre los cajones.
—No puedo firmar algo tan serio sin mi sello de lacre personal.
—Es una tradición de mi familia. Cada documento importante lleva mi firma y mi sello.
Roberto soltó un suspiro de alivio interno. Era solo una manía de viejo.
—Claro, Don Alfonso. No hay prisa. Tómese su tiempo.
Pero la búsqueda del sello se prolongó.
Alfonso se levantó con dificultad y comenzó a revisar una estantería llena de libros antiguos.
—Debe estar por aquí… Roberto, ¿podrías buscar en la caja de madera que está en el ático?
—Creo que la subieron cuando limpiaron la oficina el mes pasado.
Roberto asintió rápidamente. Quería que esto terminara cuanto antes.
—Voy de inmediato, Don Alfonso. No se mueva de aquí.
Mientras Roberto subía las escaleras hacia el ático, Don Alfonso se quedó solo en el despacho.
Su mirada cambió.
Esa expresión de fragilidad y cansancio desapareció por un instante, reemplazada por una chispa de lucidez extrema.
Miró el contrato sobre la mesa y luego miró hacia el jardín, donde los trabajadores cuidaban los rosales que su difunta esposa tanto amaba.
Alfonso sabía que algo no estaba bien, aunque su corazón se negaba a creerlo.
Había notado cómo Roberto hablaba por teléfono a escondidas, en un tono que no era el de un hijo, sino el de un depredador.
Pero necesitaba pruebas. Necesitaba estar seguro de que el hombre al que amaba como a un hijo era capaz de tal traición.
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