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Contra Todo Pronóstico

El pacto del pantano: lo que el dinero no pudo comprar y la bestia sí comprendió

6 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento en que el tiempo pareció detenerse entre el hombre y la bestia…

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El contacto entre la mano de Mateo y la piel de Sombra fue como un choque eléctrico que recorrió todo el cuerpo del joven. No era solo el frío del reptil, era una sensación de reconocimiento. En ese momento, los gritos de la orilla se volvieron borrosos, un ruido de fondo insignificante. Mateo miró profundamente a esos ojos amarillos y vio algo que no esperaba: dolor.

Sombra tenía un viejo anzuelo oxidado clavado en la comisura de la boca, casi oculto por los pliegues de su mandíbula. Estaba infectado, rodeado de una piel blancuzca y purulenta que debía causarle un tormento constante. El caimán no era agresivo por naturaleza; estaba furioso por el dolor, un dolor causado por los mismos que lo mantenían encerrado en ese estanque artificial para su entretenimiento.

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—Te duele… —murmuró Mateo, olvidando por completo la apuesta, olvidando el dinero, olvidando el peligro—. Por eso estás así. Él te hizo esto.

Don Rodrigo, recuperándose de la sorpresa, comenzó a gritar desde la orilla, visiblemente molesto porque el espectáculo no estaba siguiendo su guion sangriento.

—¡Eh! ¡Qué haces! ¡Aléjate de él o te va a arrancar el brazo de un tajo! ¡No te pago para que le hagas cariñitos, te pago para que demuestres que tienes agallas! ¡Cruza ya de una vez!

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Pero Mateo no escuchaba. Sus dedos, antes temblorosos por el miedo, ahora se movían con una precisión nacida de la compasión. Con mucho cuidado, deslizó su mano hacia el anzuelo. Sabía que un solo movimiento en falso, un solo espasmo de dolor del animal, y perdería la mano o la vida. Pero ya no sentía miedo del caimán. Sentía una furia creciente hacia el hombre que miraba desde la seguridad de su terraza.

—Tranquilo, amigo… tranquilo… —susurraba Mateo.

La gente en la orilla estaba en shock. Algunos grababan con sus teléfonos, otros se cubrían la boca con horror. ¿Estaban presenciando un milagro o el preludio de una tragedia? Mateo sujetó la base del anzuelo. Sombra soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró en el pecho de Mateo como un trueno subterráneo. El animal abrió ligeramente las fauces, mostrando hileras de dientes afilados como cuchillas.

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Mateo cerró los ojos, rezó una oración rápida por su madre, y tiró.

Un chorro de sangre oscura y pus brotó de la herida cuando el anzuelo salió. Sombra lanzó un coletazo violento que levantó una ola de agua, empapando a Mateo por completo y lanzándolo hacia atrás. El joven cayó de espaldas, tragando agua pantanosa, luchando por no hundirse.

—¡Ahí está! ¡Ahora sí se lo come! —gritó Don Rodrigo con una excitación enfermiza, asomándose al borde del muelle.

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Mateo emergió escupiendo agua, buscando desesperadamente la orilla. Pero antes de que pudiera dar tres brazadas, sintió una presencia masiva justo detrás de él. Sombra estaba ahí. El caimán nadaba a una velocidad increíble, rodeando al joven. Mateo se detuvo, exhausto, esperando el final. Había ayudado a la bestia, pero la naturaleza era la naturaleza.

Sin embargo, Sombra no lo atacó. El animal se colocó debajo de él. Mateo sintió el lomo firme y ancho del reptil elevándolo. Era como si el caimán le estuviera ofreciendo un soporte, una balsa de escamas y músculo para que no se ahogara.

—No puede ser… —susurró una de las invitadas, dejando caer su teléfono al agua.

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El joven, comprendiendo el gesto, se aferró al lomo del animal. Sombra comenzó a nadar lentamente, no hacia la boya del centro, sino hacia el muelle donde Don Rodrigo observaba con el rostro desencajado. La imagen era irreal: un joven humilde, empapado y sangrando de una mano, siendo escoltado por el depredador más temido de la región.

Cuando llegaron al borde del muelle, Sombra se quedó quieto, permitiendo que Mateo se impulsara para subir a la madera. Don Rodrigo retrocedió un paso, su arrogancia reemplazada por una sombra de temor.

—Lo hiciste… —dijo el millonario, tratando de recuperar su compostura, aunque su voz temblaba—. Cruzaste el estanque. Bueno, técnicamente no llegaste a la boya, pero el espectáculo fue… interesante.

Mateo se puso de pie, chorreando agua y lodo sobre las costosas tablas de madera. Sus ojos estaban fijos en los de Don Rodrigo. El joven extendió la mano abierta, mostrando el anzuelo oxidado y ensangrentado que le había quitado al animal.

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—Usted es el verdadero monstruo aquí, Don Rodrigo —dijo Mateo con una calma que helaba la sangre—. Usted disfruta con el dolor de los demás, ya sea un animal o una persona desesperada.

El millonario soltó una carcajada nerviosa, mirando a sus invitados en busca de apoyo, pero solo encontró rostros llenos de incomodidad y desprecio.

—No me vengas con sermones, muchacho. Ganaste tu dinero. Mañana mi secretario te hará el depósito. Ahora lárgate de mi vista, hueles a podrido.

—No quiero que me lo deposite mañana —respondió Mateo, dando un paso hacia adelante—. Lo quiero ahora. Usted hizo una apuesta frente a todos estos testigos. Y no solo voy a llevarme el dinero para la operación de mi madre. También voy a llevarme algo más.

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Don Rodrigo frunció el ceño, apretando los puños.

—¿Y qué crees que vas a llevarte, muerto de hambre? ¿Mi respeto? No me hagas reír.

—No —dijo Mateo, señalando hacia el agua, donde Sombra seguía flotando, observando la escena con sus ojos amarillos—. Me voy a llevar la verdad de lo que usted es. Y la justicia que este animal ha estado esperando.

En ese momento, Don Rodrigo cometió el error de su vida. En un arrebato de furia por ser humillado frente a sus pares, intentó empujar a Mateo de vuelta al agua. Pero el joven, acostumbrado al trabajo duro y con los sentidos agudizados por la adrenalina, esquivó el golpe con facilidad.

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Don Rodrigo, impulsado por su propia fuerza y por el suelo resbaladizo debido al agua que Mateo había dejado, perdió el equilibrio. Sus manos buscaron aire, sus pies patinaron, y con un grito agudo que no tenía nada de varonil, cayó de cabeza al estanque.

El agua salpicó con fuerza. El silencio que siguió fue absoluto. Don Rodrigo emergió chapoteando, gritando por ayuda, con el pánico reflejado en sus ojos inyectados en sangre. A menos de dos metros, Sombra comenzó a sumergirse lentamente, desapareciendo de la vista.

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