Sé que no pudiste apartar la vista porque sientes que hay algo más en esa mirada; aquí es donde la verdadera prueba comienza y la verdad se sumerge en el agua.
Mateo sintió cómo el lodo se filtraba entre sus dedos, una caricia fría y pegajosa que parecía querer succionarlo hacia el fondo antes de que el caimán siquiera hiciera su primer movimiento. A sus espaldas, la risa de Don Rodrigo cortaba el aire como un látigo de seda. Era una risa limpia, de hombre que nunca ha tenido que ensuciarse las uñas para sobrevivir, una risa que contrastaba cruelmente con el olor a azufre y descomposición que emanaba del estanque.
—¿Qué pasa, muchacho? —gritó el millonario desde la orilla, agitando su vaso de whisky fino—. ¿Te arrepentiste ahora que el agua te toca los tobillos? Recuerda que el miedo no paga las deudas de hospital, pero mi dinero sí.
Mateo no respondió. No podía. Su garganta era un nudo de nervios secos. El frío del agua le subía por las pantorrillas, recordándole que estaba entrando en un territorio donde él no era más que un trozo de carne. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro pálido de su madre en aquella cama de hospital, rodeada de máquinas que pitaban como una cuenta regresiva hacia el final. Cien mil dólares. Esa era la cifra que Don Rodrigo había puesto sobre la mesa como una broma pesada durante la fiesta, y esa era exactamente la cifra que Mateo necesitaba para la cirugía que le devolvería la vida a la mujer que lo sacrificó todo por él.
A unos diez metros, dos ojos amarillentos y fijos emergieron de la superficie estancada. Era «Sombra», el caimán que Don Rodrigo mantenía como un trofeo vivo en su propiedad, una bestia de cuatro metros que no conocía la piedad, solo el hambre.
Mateo dio otro paso. El agua le llegaba ya a la cintura. El silencio en la orilla se volvió absoluto. Los invitados de la mansión, hombres de negocios con trajes caros y mujeres con joyas que brillaban bajo el sol de la tarde, se habían quedado mudos. La diversión se había transformado en una tensión eléctrica. Ya no era un juego de ricos; era una ejecución televisada.
—Solo un poco más, Mateo —se susurró a sí mismo, aunque sus dientes castañeteaban—. Solo cruza hasta el centro. Toca la boya y vuelve. Solo eso.
Pero Sombra no tenía planes de dejarlo llegar a la boya. El animal comenzó a deslizarse lateralmente, dibujando una estela silenciosa en el agua verde. Mateo se detuvo. Podía sentir el latido de su propio corazón retumbando en sus oídos, un tambor desesperado que parecía llamar a la muerte.
El joven recordó lo que su abuelo, un viejo pescador del río, le decía siempre: «Las bestias no matan por maldad, Mateo, matan por naturaleza. Pero el hombre… el hombre mata por placer». En ese momento, mirando de reojo a Don Rodrigo, quien observaba con una sonrisa depredadora, Mateo comprendió quién era la verdadera bestia en ese lugar.
De repente, el caimán desapareció de la superficie.
El pánico se disparó en las venas de Mateo. El agua, antes tranquila, empezó a burbujear a pocos metros de él. El joven cerró los puños, buscando fuerza en su desesperación. No iba a morir así. No iba a dejar que su madre se quedara sola por el capricho de un hombre que creía que el mundo era su tablero de ajedrez.
—¡Muévete, estúpido! —le gritó uno de los amigos de Rodrigo desde la orilla—. ¡Va por debajo!
Mateo sintió una vibración en el agua. Algo grande, algo inmenso, rozó su pierna derecha. La piel escamosa y dura del animal se sintió como una lija fría contra su muslo. El joven contuvo el aliento, esperando el primer mordisco, el tirón violento que lo arrastraría hacia el fondo en el giro de la muerte.
Pero el ataque no llegó.
En lugar de eso, la cabeza del caimán emergió lentamente justo frente a él, a menos de un metro de distancia. Mateo quedó paralizado. Podía oler el aliento fétido del reptil, podía ver las cicatrices en su hocico y, sobre todo, podía ver sus ojos. Eran ojos antiguos, cansados, cargados de una sabiduría salvaje que nadie en esa mansión podría comprender jamás.
En ese instante de terror absoluto, algo extraño sucedió. Mateo, en lugar de gritar o intentar huir, extendió la mano. Fue un impulso suicida, o quizás un acto de fe ciega. Sus dedos temblorosos se acercaron al hocico de la bestia.
—Tú también estás atrapado aquí, ¿verdad? —susurró Mateo, con una voz que apenas era un hilo de aire—. Él te usa a ti para asustar, y a mí para divertirse. Somos lo mismo, Sombra.
El caimán no cerró sus mandíbulas. No lanzó el ataque que todos esperaban. Simplemente se quedó ahí, flotando, mientras los dedos de Mateo rozaban la piel rugosa de su cabeza. En la orilla, el silencio era tan denso que se podía escuchar el viento agitando las hojas de las palmeras. Don Rodrigo dejó caer su vaso de whisky. El cristal se hizo añicos contra el mármol, pero nadie se movió para recogerlo.
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