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Historias de Familia

El último suspiro del imperio: lo que el silencio ocultó antes de la caída

7 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa…

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El sonido de las explosiones de estruendo retumbó en los oídos de Aurelio como el latido de un corazón moribundo. El humo ya no solo era negro por el incendio, sino grisáceo por el gas lacrimógeno que empezaba a inundar los pasillos superiores. El Chino lo agarró del brazo con una fuerza que en cualquier otra circunstancia habría sido una falta de respeto, pero hoy era un acto de salvación.

—Jefe, por favor, Lucas es joven, él sabe cómo esconderse. Usted no —suplicó el Chino, mientras el sonido de los cristales estallando bajo las botas de los comandos tácticos se hacía cada vez más nítido.

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—¡Es mi sangre, carajo! —rugió Aurelio, zafándose del agarre—. ¡Si lo dejan vivo, lo usarán para llegar a mí! ¡Y si lo matan, no podré mirar a mi hermana a la cara cuando me toque encontrarme con ella en el otro mundo!

Aurelio se dio la vuelta y, contra toda lógica, empezó a correr de regreso hacia el corazón de la mansión en llamas. El Chino, soltando una maldición entre dientes, sacó su arma y lo siguió. Sabía que entrar de nuevo era una misión suicida, pero su código de honor no le permitía dejar que el viejo muriera solo.

La visibilidad era casi nula. El fuego había cobrado vida propia, devorando las alfombras y subiendo por las paredes de madera tallada. Aurelio tosía violentamente, el aire caliente le quemaba los pulmones, pero seguía gritando el nombre de su sobrino.

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—¡Lucas! ¡Lucas, responde!

Llegaron a la zona de las habitaciones de invitados. Una de las puertas estaba entreabierta. Dentro, Aurelio vio una sombra moviéndose frenéticamente. Entró de golpe y lo que vio le heló la sangre más que cualquier amenaza policial.

Lucas no estaba escondido. Estaba de rodillas frente a una caja fuerte de pared que Aurelio ni siquiera sabía que existía en esa habitación. El joven tenía las manos llenas de fajos de billetes y joyas, tratando desesperadamente de meterlas en una mochila deportiva. Estaba tan obsesionado con el botín que ni siquiera se había dado cuenta de que el techo sobre su cabeza empezaba a ceder.

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—¿Lucas? —la voz de Aurelio salió como un hilo quebrado.

El joven se sobresaltó, apuntando con una pistola hacia la puerta. Al ver a su tío, sus ojos se abrieron con una mezcla de vergüenza y codicia. No bajó el arma de inmediato.

—Tío… pensé que ya se habían ido —dijo Lucas, con la voz temblorosa pero las manos aferradas al dinero.

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—Vinimos por ti, muchacho. Casi morimos intentando salvarte y tú estás aquí… ¿por esto? —Aurelio señaló la mochila—. Las patrullas están en el patio. El fuego va a colapsar esta ala en segundos. ¡Suelta eso y corre!

—¡No! —gritó Lucas, y por primera vez, Aurelio vio en sus ojos el brillo de la traición—. ¡Tú ya tienes tus cuentas en Suiza! ¡Tú ya viviste! Esto es lo único que tengo. No voy a volver a ser un muerto de hambre por tus errores. ¡Tú nos trajiste la policía encima!

El Chino dio un paso al frente, con el arma lista, pero Aurelio le puso una mano en el pecho para detenerlo. El dolor que sentía el viejo no era por la policía, ni por la casa que se caía a pedazos, sino por ver cómo el veneno del poder había podrido lo único que le importaba.

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—¿Crees que fui yo quien los trajo? —preguntó Aurelio en un susurro, mientras un trozo de viga ardiendo caía a pocos metros de ellos—. Los trajo la codicia, Lucas. Alguien vendió las coordenadas de la ruta de escape. Alguien les dio los planos de la casa.

Lucas palideció. Su mano, la que sostenía el arma, empezó a temblar visiblemente.

—Yo no quería que terminara así… —balbuceó el joven—. Me dijeron que solo querían los papeles… que te dejarían ir si yo les daba lo que buscaban…

El silencio que siguió fue más aterrador que el incendio. La revelación cayó como un mazo. El traidor no era un enemigo lejano, no era un infiltrado de la ley. Era su propio sobrino, el niño que él había sentado en sus rodillas y al que le había enseñado a ser un hombre.

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—¿Por cuánto, Lucas? —preguntó Aurelio con una calma gélida que asustó incluso al Chino—. ¿Por cuánto vendiste mi cabeza?

—No fue por dinero… tío, ellos me tenían… tenían fotos… sabían lo del cargamento en el puerto… me iban a dar cadena perpetua…

—Y ahora nos la darán a todos —interrumpió Aurelio.

En ese momento, el sonido de una radiofrecuencia se escuchó muy cerca. «¡Sector cuatro despejado! ¡Entrando a la zona de dormitorios!». Eran ellos. Estaban a solo una pared de distancia.

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El Chino miró a Aurelio, esperando una orden. Podía matar a Lucas ahí mismo y arrastrar al viejo hacia el túnel. Pero Aurelio se limitó a mirar a su sobrino con una tristeza infinita.

—Llevaos la mochila, Lucas —dijo Aurelio—. Si crees que ese dinero te va a comprar una vida nueva, llévatelo. Pero corre. Corre porque si te atrapan, ni todo el oro del mundo te salvará de lo que ellos hacen con los soplones.

Lucas no esperó a que se lo dijera dos veces. Agarró la mochila y salió disparado por una puerta lateral que daba a las escaleras de servicio. No miró atrás. No pidió perdón.

Aurelio se quedó allí parado, rodeado por las llamas que ya empezaban a lamer sus zapatos.

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—Jefe, tenemos que irnos. ¡Ahora! —insistió el Chino, prácticamente cargando al viejo.

Salieron de la habitación justo cuando el techo colapsaba, sepultando la caja fuerte y los secretos que Lucas no pudo llevarse. Corrieron por el pasillo envueltos en una nube de ceniza y calor sofocante. Al llegar a la entrada del túnel, escucharon el primer tiroteo. Algunos de los hombres que se habían quedado atrás para cubrir la retirada estaban intercambiando fuego con la policía.

—No hay vuelta atrás —dijo el Chino mientras descendían por la escalera de caracol hacia las profundidades de la tierra.

El túnel era frío y húmedo, un contraste violento con el infierno que ardía arriba. Caminaron en silencio durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos. Aurelio sentía que cada paso que daba lo alejaba más de la persona que había sido.

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Al final del túnel, una lancha rápida los esperaba en un muelle oculto bajo un acantilado. El motor ya estaba en marcha, ronroneando en la oscuridad. El Chino ayudó a Aurelio a subir.

—¿A dónde vamos, jefe? —preguntó el Chino mientras soltaba las amarras.

Aurelio miró hacia arriba. Desde el mar, la mansión se veía como una antorcha gigante en la cima de la colina. Era un espectáculo hermoso y aterrador a la vez. El imperio de Don Aurelio se estaba convirtiendo en cenizas, iluminando el cielo nocturno con un resplandor carmesí.

—A donde nadie nos conozca, Chino. A donde el nombre de Aurelio no signifique nada.

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Pero antes de que la lancha pudiera alejarse, un potente reflector se encendió desde la costa, cegándolos por completo. Una voz amplificada por un megáfono retumbó sobre el sonido de las olas.

—¡Apaguen los motores! ¡Están rodeados! ¡No hay salida!

Aurelio sonrió débilmente. Metió la mano en su bolsillo y apretó el sobre de terciopelo. Sabía algo que la policía no sabía. Sabía algo que ni siquiera el traidor de su sobrino sospechaba.

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