Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
«¡Suelta esa pluma ahora mismo, Beatriz, antes de que el peso de tu propia mentira te termine de hundir!»
El grito de Don Aurelio no fue solo un sonido; fue una sacudida que pareció hacer vibrar hasta los cimientos de la mansión de los Vallejo. Beatriz, que hasta hace un segundo sostenía el bolígrafo de oro con una sonrisa triunfante, se quedó petrificada. Sus ojos, antes cargados de una ambición fría y calculadora, se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de incredulidad y terror puro.
El salón principal, decorado con maderas nobles y retratos de antepasados que parecían juzgar la escena desde sus marcos dorados, se sumió en un silencio sepulcral. El Licenciado Guzmán, el abogado de la familia que siempre había sido un hombre de gestos medidos, dejó caer los documentos sobre la mesa de caoba. El sonido de los papeles al chocar contra la madera fue como un disparo en medio de la noche.
Don Aurelio, el hombre que todos daban por acabado, el patriarca que supuestamente apenas podía reconocer su propio nombre debido a una «enfermedad degenerativa» que Beatriz se había encargado de pregonar a los cuatro vientos, estaba allí. De pie. Firme como un roble centenario que se niega a caer a pesar de la tormenta.
Su respiración era pesada, pero sus ojos… sus ojos tenían una lucidez aterradora. Eran dos ascuas encendidas que perforaban la elegancia fingida de su esposa.
—Aurelio… mi amor… —balbuceó Beatriz, recuperando un poco el aliento mientras intentaba forzar una máscara de preocupación—. Estás confundido, el médico dijo que estas crisis de agitación podrían pasar. Por favor, siéntate, estás asustando a los niños.
—¿Los niños? —Aurelio soltó una carcajada amarga, un sonido que nació desde lo más profundo de su pecho herido—. ¿Te refieres a mis hijos, a los que has intentado poner en mi contra durante los últimos dos años? ¿O te refieres a los hijos que ocultas en esa cuenta bancaria en el extranjero, los que mantienes con el dinero que le robas a esta familia?
Beatriz palideció. El color se le escapó del rostro de tal manera que su maquillaje, antes impecable, ahora parecía una máscara de yeso a punto de resquebrajarse. Los tres hijos de Aurelio, presentes en la sala, se miraron entre sí con una mezcla de confusión y horror. Julián, el mayor, dio un paso al frente.
—Padre, ¿de qué estás hablando? Beatriz nos dijo que estabas perdiendo la memoria, que necesitábamos asegurar el patrimonio antes de que… —Julián no pudo terminar la frase. La vergüenza le apretó la garganta.
—Antes de que yo muriera, ¿verdad? —completó Aurelio con una tristeza infinita en la voz—. Ella les vendió la idea de que yo era un estorbo mental para poder manipularlos. Les hizo creer que yo ya no era el hombre que los crió, para que ustedes, por puro miedo a perderlo todo, firmaran esos poderes que hoy ella intentaba obligarme a ratificar.
Aurelio caminó lentamente hacia la mesa. Cada paso que daba parecía resonar en el alma de los presentes. Beatriz retrocedió, chocando contra el respaldo de una de las sillas de terciopelo. Su seguridad se estaba desmoronando como un castillo de naipes frente a un ventilador.
—Pensaste que el veneno en mis tés me tendría lo suficientemente aturdido, ¿verdad, Beatriz? —continuó Aurelio, bajando el tono de voz a un susurro que resultaba mucho más amenazante que cualquier grito—. Pensaste que los «suplementos» que me dabas cada noche estaban borrando mis recuerdos. Pero te equivocaste en algo fundamental: un hombre que ha construido un imperio desde la nada aprende a oler la traición antes de que esta cruce la puerta de su casa.
Beatriz intentó hablar, sus labios se movieron pero no salió sonido alguno. El abogado Guzmán, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies, comenzó a recoger su maletín con manos temblorosas.
—Siéntese, Licenciado —ordenó Aurelio sin quitarle la vista de encima a su esposa—. Usted también tiene mucho que explicar sobre los documentos que alteró para que Beatriz pudiera desviar fondos de la constructora. No se vaya todavía, que la función apenas comienza.
Aurelio se detuvo frente a Beatriz. Ella era veinte años menor que él, una mujer de una belleza serena que lo había cautivado en un momento de soledad tras la muerte de su primera esposa. Aurelio la había amado con la desesperación de un hombre que cree haber encontrado una segunda oportunidad en la vida. Le dio todo: joyas, viajes, estatus y, lo más importante, su confianza.
Y ahora, esa confianza yacía en el suelo, pisoteada por la mujer que juró cuidarlo en la salud y en la enfermedad.
—Te vi, Beatriz —dijo Aurelio, y por primera vez su voz flaqueó un poco debido a la emoción—. Te vi en el despacho hace tres meses, hablando por ese teléfono secreto que guardas en el doble fondo de tu joyero. Te escuché reírte de «el viejo», diciendo que ya casi tenías las llaves del reino y que pronto podrías reunirte con «él».
Beatriz soltó un gemido ahogado. La mención del teléfono secreto fue el golpe de gracia. Sus manos empezaron a temblar violentamente.
—¿Quién es «él», Beatriz? —preguntó Julián, acercándose a ella con los puños cerrados y los ojos inyectados en sangre—. ¿Con quién estás engañando a mi padre mientras le robas?
—No es lo que parece… —logró decir Beatriz, aunque su voz sonaba como el crujido de hojas secas—. Aurelio, estás paranoico, las medicinas te están haciendo alucinar cosas…
—He dejado de tomar tus medicinas hace semanas, querida —reveló Aurelio con una sonrisa gélida—. Las he estado guardando en un frasco que ahora está en manos de un laboratorio forense. Y tengo algo más que mostrarles a todos. Algo que no solo te quitará la fortuna que tanto ansías, sino que te quitará la libertad.
Aurelio sacó del bolsillo de su bata un pequeño sobre negro. Lo sostuvo en el aire como si fuera una sentencia de muerte. Beatriz extendió la mano, un gesto instintivo de querer arrebatarlo, pero Aurelio se alejó con una agilidad sorprendente para su edad.
—En este sobre está el verdadero secreto que has guardado todos estos años —dijo el patriarca, mirando a sus hijos con una mezcla de dolor y firmeza—. El secreto que explica por qué nunca quisiste que hiciéramos una investigación de antecedentes cuando nos casamos.
El ambiente en la sala se volvió tan denso que costaba respirar. Los hijos de Aurelio, el abogado, e incluso el servicio que observaba desde las sombras del pasillo, estaban pendientes de cada palabra. La tensión era una cuerda a punto de romperse.
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