Continuamos con la historia donde la dejamos, justo en el momento en que el mundo de Julian empezó a desmoronarse…
Julian se quedó petrificado, con la mano aún suspendida en el aire. Sus ojos iban de Ricardo Mendoza a Elena, y de regreso. El cerebro de Julian intentaba procesar una información que se negaba a aceptar. Ricardo Mendoza no era solo un abogado; era el representante legal principal del Grupo Imperial, el conglomerado industrial y automotriz más grande del continente.
—¿Ricardo? —balbuceó Julian, recuperando el habla—. ¿Qué haces aquí? Seguramente te has equivocado de lugar. Este es solo un… un taller de reparaciones.
Ricardo Mendoza se giró por un segundo, ajustándose las gafas. Miró a Julian con una mezcla de confusión y desdén, como quien reconoce a un insecto molesto en una habitación elegante.
—¿Señor Valente? No sabía que era cliente de la empresa —respondió Ricardo con frialdad—. Pero ahora no tengo tiempo para cortesías. Estoy aquí para ver a la Presidenta.
Julian sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral.
—¿La… Presidenta? —repitió con voz temblorosa.
Ricardo volvió a mirar a Elena, quien permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión impasible.
—Señora Elena, los accionistas de la división europea están en la línea. Hay una discrepancia en los planos del nuevo motor de hidrógeno. Dicen que no es viable —dijo Ricardo, extendiendo una tableta electrónica hacia ella—. Solo usted puede explicarles por qué están equivocados. El helicóptero la espera en la azotea del edificio contiguo.
Elena tomó la tableta con naturalidad. Sus dedos, aún con rastros de grasa, se deslizaron sobre la pantalla de alta resolución con una destreza técnica impresionante.
—Diles que la viabilidad del motor no se discute en una oficina, Ricardo —dijo Elena, su voz ahora investida de un poder que Julian nunca antes había notado—. Se discute aquí, donde se tocan las piezas. El problema no es el diseño, es el material de la válvula de escape. Por eso estaba aquí hoy, probándola yo misma en condiciones reales.
Julian sentía que el suelo bajo sus pies se volvía líquido. Elena no era solo una mujer de familia acomodada con un «pasatiempo extraño». Elena era la heredera universal y la mente maestra detrás del Grupo Imperial. La dueña de las fábricas, del taller, de los edificios y, muy probablemente, de la mitad de los contratos que mantenían a flote la empresa de Julian.
—Elena… —susurró Julian, tratando de acercarse—. Yo… yo no sabía. ¿Por qué no me lo dijiste?
Ella lo miró de arriba abajo, y esta vez, el desprecio en los ojos de ella fue tan real que Julian sintió dolor físico.
—¿Decirte qué, Julian? ¿Que soy ingeniera mecánica graduada con honores? ¿Que prefiero ensuciarme las manos para asegurar que mis productos sean seguros antes que sentarme a beber champán en una oficina? —Elena dio un paso hacia él, y Ricardo se hizo a un lado con respeto—. Te dije quién era muchas veces. Te dije que este taller era mi lugar feliz, mi laboratorio. Pero tú solo veías la mancha en mi ropa, no la inteligencia en mi cabeza.
—No, no es eso, amor… es que… me sorprendiste —intentó justificarse Julian, su voz volviéndose servil de manera patética—. Entiéndeme, cualquier hombre se habría preocupado por verte así. ¡Es por tu seguridad!
—No mientas —lo cortó ella tajantemente—. No te preocupaba mi seguridad. Te preocupaba tu estatus. Te daba vergüenza que alguien te viera con una «mecánica». Pues bien, Julian, tu deseo se cumplió. Ya no tienes que preocuparte por mi apariencia.
Ricardo, captando la tensión del momento, carraspeó ligeramente.
—Señora, el tiempo apremia. El contrato con los inversores de Qatar depende de esta presentación.
Elena asintió. Se quitó el overol con movimientos fluidos, revelando debajo una sencilla camiseta de seda blanca que, a pesar de la sencillez, ahora le parecía a Julian el tejido más lujoso del mundo.
—Ricardo, antes de irnos —dijo Elena, señalando el suelo—. Recoge ese anillo que está cerca del aceite.
Julian sintió una chispa de esperanza. Pensó que ella quería recuperarlo, que quizás había una oportunidad de perdón si él se arrodillaba y le pedía disculpas por su «momento de locura».
Ricardo se agachó, recogió la joya manchada de negro y se la entregó a Elena en la palma de la mano. Ella ni siquiera lo miró.
—Llévalo a la joyería donde lo compraron —le ordenó Elena al abogado—. Que lo limpien, lo vendan y donen el dinero al fondo de becas para mujeres en ingeniería mecánica. No quiero nada que me recuerde a la superficialidad en mi vida.
Julian sintió que se le escapaba el aire. Aquel anillo le había costado una fortuna, pero lo que más le dolía era que Elena lo estaba desechando como si fuera basura, tal como él había intentado hacer con ella minutos antes.
—Elena, por favor, hablemos —suplicó Julian, intentando tomarla del brazo.
Ricardo Mendoza se interpuso de inmediato, su mirada era ahora de acero.
—Caballero, le sugiero que se retire. La Señora está trabajando y usted ya no es bienvenido en estas instalaciones. Por cierto, Valente… —Ricardo hizo una pausa que pareció durar una eternidad—. Recibí un informe sobre la renovación del contrato de suministro de piezas que su empresa tiene con nosotros.
Julian palideció. Su empresa familiar dependía en un 70% de ser proveedora del Grupo Imperial.
—Mañana enviaré mi recomendación a la junta —continuó Ricardo con una sonrisa gélida—. Y después de lo que acabo de presenciar, dudo mucho que queramos seguir asociados con alguien que tiene una visión tan limitada y… «ordinaria» de lo que significa el valor del trabajo.
Elena empezó a caminar hacia la salida trasera que conectaba con el helipuerto, sin mirar atrás ni una sola vez. Sus pasos eran firmes, decididos. Los mecánicos del taller, aquellos hombres que Julian había despreciado, la saludaron con un gesto de respeto y admiración que Julian nunca recibiría de nadie.
Julian se quedó solo en medio del taller. El silencio volvió a reinar, roto solo por el goteo de un grifo lejano y el sonido distante de las aspas de un helicóptero que empezaban a girar. Miró sus zapatos italianos; ahora tenían una pequeña mancha de aceite. Intentó limpiarla con un pañuelo de seda, pero solo logró extenderla más.
En ese momento, se dio cuenta de la magnitud de su pérdida. No solo había perdido a una mujer billonaria; había perdido a la única persona que realmente lo había amado antes de saber quién era ella. Y lo más irónico es que la había perdido precisamente por ser ella misma.
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