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Historias de Familia

El último refugio del hombre que lo tuvo todo y hoy solo espera el final

6 min de lectura

Esa tensión que sentiste hace un momento es solo el prólogo de lo que el destino tiene preparado para este hombre en su hora más oscura.

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El estruendo de las palas de los helicópteros no era un sonido nuevo para Don Aurelio, pero esta vez, el aire tenía un peso distinto. No era el zumbido habitual de sus propias aeronaves regresando con cargamentos de sueños prohibidos. Este era el rugido de la justicia, o al menos, de lo que quedaba de ella, viniendo a cobrar una deuda que Aurelio sabía impagable.

El pasillo de mármol de su mansión, aquel que tantas veces recorrió con la frente en alto y el poder emanando de cada uno de sus poros, se sentía ahora como un túnel angosto y asfixiante. Las luces de emergencia, de un rojo violento, bañaban las paredes decoradas con cuadros que valían fortunas, pero que en ese instante no servían ni para cubrirse de las balas.

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—¡Patrón, por aquí! —gritó «El Chino», su escolta más fiel, mientras sus botas golpeaban el suelo con un ritmo frenético.

El Chino tenía una herida en el hombro izquierdo que empapaba su camisa de lino blanco, un recordatorio sangriento de que la seguridad de la propiedad había sido vulnerada en cuestión de minutos. El olor a pólvora y a tierra removida por las ráfagas de viento de los rotores se filtraba por las ventanas rotas, mezclándose con el aroma del café que Don Aurelio apenas había empezado a disfrutar minutos antes del caos.

Don Aurelio no corría. Un hombre de su posición no corría, ni siquiera cuando el mundo se le caía encima. Caminaba con una calma que aterraba a sus propios hombres. Su mirada, fija en la pesada puerta de madera que escondía la entrada al búnker, era la de un jugador que sabe que ha perdido su última apuesta, pero que aún guarda un as bajo la manga para el desenlace.

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—Mantengan la posición en la escalera —ordenó Aurelio con una voz que, a pesar del estruendo exterior, sonó clara y autoritaria—. Denme cinco minutos. Solo cinco.

Sus guardias, hombres curtidos en mil batallas, lo miraron con una mezcla de devoción y desesperación. Sabían que quedarse allí era una sentencia de muerte, pero el respeto por «el viejo» era más fuerte que su instinto de supervivencia. Se apostaron tras las columnas, con sus armas largas apuntando hacia la entrada principal, mientras el sonido de los vidrios rompiéndose indicaba que los comandos ya estaban dentro.

Aurelio colocó su mano sobre el panel oculto tras un cuadro de una virgen dolorosa. Irónico, pensó. La tecnología reconoció su huella y la pared crujió, revelando el mecanismo hidráulico que abría el búnker. Era una habitación de acero y hormigón, diseñada para resistir incluso un ataque nuclear, pero que en ese momento se sentía como una tumba de lujo.

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Al entrar, el silencio fue absoluto. El estruendo de afuera se convirtió en un eco lejano, casi irreal. Aurelio se quitó el saco, lo dobló con una parsimonia que rayaba en lo absurdo y lo colocó sobre el respaldo de una silla de cuero. Se sentó frente a la consola de monitores que le mostraba cada rincón de su propiedad.

En las pantallas, vio cómo sus hombres caían uno a uno. Vio el humo de las granadas cegadoras y el despliegue táctico de las fuerzas especiales que avanzaban con una precisión quirúrgica. No eran rivales, eran verdugos. Y él, el gran Aurelio, el hombre que había puesto de rodillas a políticos y generales, estaba allí sentado, observando el fin de su imperio en alta definición.

—Así que esto es —susurró para sí mismo, mientras sus dedos rozaban una pequeña caja de madera que descansaba sobre el escritorio—. Todo este esfuerzo, toda esta sangre, para terminar en una caja de seguridad bajo tierra.

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Aurelio recordó a su madre, una mujer de manos callosas que siempre le dijo que quien a hierro mata, a hierro muere. En aquel entonces, él se reía, pensando que el dinero podía comprar incluso al destino. Ahora, con el corazón latiendo con una pesadez que nunca había experimentado, entendía que hay cosas que no tienen precio, y que el tiempo es la única moneda que no se puede falsificar.

De pronto, un monitor mostró algo que lo hizo ponerse en pie. El comandante del operativo se detuvo frente a la cámara del pasillo principal. No llevaba el rostro cubierto. Aurelio reconoció esos ojos. Eran los ojos de alguien que no buscaba gloria, sino algo mucho más personal.

El búnker tembló. No por una explosión, sino por el peso de la realidad que se le venía encima. Aurelio sabía que no podía quedarse allí para siempre. El aire empezaría a faltar, o ellos encontrarían la forma de entrar. Pero antes de que eso sucediera, tenía una última tarea que cumplir.

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Abrió la caja de madera y sacó un teléfono satelital que solo tenía un número grabado. Sus dedos temblaron ligeramente al marcar. Al otro lado, una voz joven y suave contestó, ajena por completo a la guerra que se libraba sobre la cabeza de su padre.

—¿Papá? ¿Por qué llamas a esta hora? —preguntó la voz de una niña.

Aurelio cerró los ojos y, por primera vez en décadas, sintió que una lágrima lograba escapar de su fortaleza interna. El hombre de hierro se estaba resquebrajando.

—Solo quería decirte que te amo, lucerito —dijo con la voz entrecortada—. Y que pase lo que pase, nunca olvides quién eres de verdad.

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