Continuamos con la historia donde la dejamos, en ese momento de reflexión y esfuerzo bajo el sol inclemente…
El polvo se asentó lentamente, revelando de nuevo el camino pedregoso. Mateo ayudó a Doña Carmen a limpiarse el rostro con un pañuelo que llevaba en el bolsillo.
— «No se preocupe, jefa. Ya casi llegamos», dijo él, aunque sabía que todavía faltaba el tramo más difícil de la subida.
Doña Carmen lo miró con una mezcla de gratitud y vergüenza.
— «Usted es un buen muchacho. Pocos se detienen hoy en día. La gente siempre tiene prisa por llegar a ninguna parte», comentó ella con esa sabiduría que solo dan las canas.
Mateo suspiró. Recordó las palabras de su madre, una mujer que lo crió sola trabajando en casas ajenas.
«Mateo», le decía ella siempre, «nunca pases de largo ante el dolor ajeno, porque un día podrías ser tú quien esté en el suelo esperando una mano».
Esa enseñanza era su brújula.
Mientras subían la cuesta, Doña Carmen empezó a hablar un poco más.
Le contó que tenía tres hijos. Dos se habían ido «al norte» hacía más de diez años y apenas enviaban noticias una vez al año.
El más pequeño vivía en la ciudad, pero decía que el trabajo no le permitía visitar el pueblo, que la gasolina estaba cara y que siempre tenía compromisos.
— «A veces me siento un estorbo para ellos, mijo. Por eso prefiero venir yo misma por mis cosas. No quiero que piensen que ya no valgo para nada», confesó ella con una lágrima traicionera asomando por sus ojos.
A Mateo se le hizo un nudo en la garganta.
¿Cómo podía alguien considerar un estorbo a la mujer que les dio la vida?
Él pensó en su propia «jefecita», que ya descansaba en el camposanto del pueblo, y daría lo que fuera por tenerla ahí, aunque fuera para cargarle cien costales todos los días.
El esfuerzo físico era notable. El costal de yute picaba en el cuello de Mateo y el sol le quemaba los hombros a través de la camisa delgada.
Pero cada vez que sentía el deseo de soltar la carga, miraba de reojo a Doña Carmen.
Ella caminaba con un esfuerzo heroico, arrastrando los pies pero sin rendirse.
— «Mire, joven… allá está mi casita», señaló ella con el dedo tembloroso.
Al final de un sendero flanqueado por nopales y maleza, se veía una construcción pequeña.
Era una vivienda de adobe con el techo remendado, rodeada de un pequeño cercado de madera donde unas cuantas gallinas rascaban la tierra seca.
Era la imagen misma de la pobreza digna.
Todo estaba ordenado, barrido, pero se notaba la falta de una mano fuerte que arreglara las vigas o pintara las paredes.
Al llegar a la puerta, Mateo dejó caer el costal con cuidado sobre una vieja mesa de madera que crujió bajo el peso.
Sintió un alivio inmediato en sus músculos, pero su corazón seguía apretado.
— «Pase, pase… descanse un momento. Le voy a traer un poco de agua fresca, es de la tinaja, está bien buena», dijo Doña Carmen, apresurándose hacia la cocina con una energía renovada por la hospitalidad.
Mateo se sentó en una silla de mimbre que amenazaba con deshacerse.
Miró alrededor. En las paredes había fotos viejas, amarillentas por el tiempo.
En una de ellas, una Carmen joven sonreía con tres niños pequeños en su regazo.
En otra, un hombre de sombrero y bigote —seguramente su difunto esposo— miraba con orgullo a la cámara.
Era una casa llena de recuerdos y vacía de presencias.
Doña Carmen regresó con un jarro de barro y un vaso de plástico.
— «Beba, mijo. Se lo ganó con creces».
El agua estaba deliciosa, tenía ese sabor a tierra y frescura que solo se encuentra en el campo.
Mateo se la bebió de un trago, sintiendo cómo la vida le regresaba al cuerpo.
Mientras terminaba de beber, vio que Doña Carmen buscaba algo con desesperación en un cajón de la alacena.
Finalmente, sacó un pequeño monedero de tela, gastado y sucio.
Con dedos torpes, empezó a hurgar en su interior.
Extrajo un billete de baja denominación, todo arrugado y manchado, junto con unas cuantas monedas que brillaban débilmente bajo la luz que entraba por la puerta.
— «Tome, joven. Es poco, lo sé… es lo que me sobró de la compra. Pero por favor, acéptelo. Si no hubiera sido por usted, yo me quedo allá tirada en el camino», dijo ella, extendiendo su mano temblorosa hacia él.
Mateo miró el dinero. Sabía lo que ese billete significaba.
Eran quizá dos o tres días de comida. O tal vez la medicina para sus dolores de reuma que no había podido comprar ese día.
Vio la sinceridad en los ojos de la anciana, pero también vio su necesidad.
El joven se puso de pie, sintiendo que la fatiga desaparecía ante la importancia de lo que estaba a punto de hacer.
— «Doña Carmen, guarde ese dinero», dijo él con firmeza pero con mucha suavidad.
— «No, mijo, insisto. El trabajo se paga, y usted cargó ese bulto como si fuera suyo», replicó ella, intentando forzar el billete en la mano de Mateo.
El clímax de la tarde llegó en ese pequeño porche de tierra.
Mateo tomó suavemente las manos de la anciana entre las suyas.
Eran manos que habían trabajado tanto, que se sentían como la corteza de un árbol antiguo.
Él las cerró con cuidado, envolviendo el dinero de vuelta hacia ella.
— «Escúcheme bien, madrecita. Hay cosas en esta vida que no tienen precio», comenzó Mateo, con la voz cargada de emoción.
La anciana lo miró confundida, con los ojos empezando a humedecerse.
Ella no entendía por qué un extraño, un muchacho que trabajaba de sol a sol por un sueldo miserable, rechazaría lo que ella le ofrecía de corazón.
Pero Mateo tenía una razón que iba mucho más allá del dinero, una verdad que estaba a punto de revelarle y que cambiaría la forma en que Doña Carmen veía el mundo.
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