Muchos pasaron de largo, pero tú quisiste llegar hasta el fondo de esta historia. Continuemos.
Don Julián miró el plato de peltre desconchado que Alfonso acababa de poner frente a él. Eran frijoles negros, espesos, con un aroma a leña que se le clavó en la memoria como un rayo de luz en medio de una tormenta. Sus manos, esas manos que habían firmado contratos de miles de millones de dólares, temblaron ligeramente al sostener la cuchara de madera tallada a mano.
—Coma, don Julián, que el camino es largo y la panza no sabe de orgullos —dijo Alfonso con una sonrisa que le arrugaba los ojos, dejando ver la bondad genuina que solo se cultiva en el campo.
Julián levantó la vista. El techo de la choza era de lámina y paja, y por los agujeros se colaban los últimos hilos de luz del atardecer. Alfonso no sabía quién era él. No sabía que el hombre sentado en su mesa, vistiendo una camisa vieja y polvorienta, era el dueño de la mitad de los edificios de la capital. No sabía que Julián había llegado allí escapando de una vida de lujos que se sentía como una cárcel de oro.
—¿Por qué me ayuda, Alfonso? —preguntó Julián con la voz quebrada—. No me conoce. Podría ser un criminal, un hombre malo…
Alfonso soltó una carcajada limpia, sin una gota de malicia. Se sentó frente a él en un banquito de madera y se limpió el sudor de la frente con un pañuelo raído.
—Mire, jefe… aquí en el pueblo no preguntamos de dónde viene el hambre, solo tratamos de quitarla. Usted tenía cara de alma perdida, y mi abuela decía que a las almas perdidas se les guía con un buen caldo y un poco de silencio.
Julián probó el primer bocado. El sabor era tan intenso, tan real, que cerró los ojos para contener las lágrimas. En su mansión, tenía chefs internacionales que preparaban platillos con nombres impronunciables, pero ninguno de esos manjares sabía a lo que estaba probando ahora: amor y sacrificio.
Mientras comía, Julián observaba el entorno. Doña María, la esposa de Alfonso, remendaba una prenda a la luz de una vela. Sus hijos jugaban en un rincón con un camión de madera que claramente había visto mejores tiempos. No había televisión, no había internet, no había lujos. Pero había algo que Julián no había sentido en su propia casa en décadas: paz.
—Ustedes no tienen mucho, ¿verdad? —se atrevió a preguntar Julián, sintiéndose repentinamente avergonzado por la opulencia que había dejado atrás.
Alfonso se quedó pensativo un momento. Miró a su esposa, luego a sus hijos y finalmente a Julián.
—Depende de lo que usted llame «mucho», don Julián. Tenemos este techo, tenemos salud para trabajar la tierra y nos tenemos el uno al otro. A veces la cosecha es buena, a veces el cielo se nos pone difícil, pero nunca nos falta una razón para dar gracias. El que tiene más de lo que necesita para ser feliz, en realidad está cargando maletas ajenas.
Esa frase golpeó a Julián en el pecho. Él había pasado cincuenta años cargando maletas llenas de ambición, envidia y soledad. Recordó a sus hijos en la ciudad, que solo lo llamaban para pedirle dinero o para quejarse de que el nuevo modelo de coche no había llegado a tiempo. Recordó a su exesposa, que solo se preocupaba por el estatus social.
De repente, un ruido fuerte interrumpió la calma de la cena. Eran gritos afuera, acompañados por el rugido de un motor potente. Alfonso se puso de pie de inmediato, y su rostro, antes sereno, se llenó de una angustia que intentó ocultar.
—Quédese aquí, don Julián. No salga por nada del mundo —instruyó Alfonso con firmeza.
Julián, sin embargo, no era un hombre que se quedara de brazos cruzados. Se asomó por la pequeña ventana de madera. Afuera, una camioneta de lujo, de esas que él mismo solía conducir, estaba estacionada frente a la humilde vivienda. Un hombre joven, vestido con un traje costoso que desentonaba completamente con el lodo del pueblo, bajó del vehículo con un fajo de papeles en la mano.
—¡Alfonso! —gritó el hombre con arrogancia—. Ya se acabó el plazo. O firmas la venta de estas tierras o mañana mismo traigo las máquinas para tumbar este chiquero.
Julián sintió una chispa de indignación que no recordaba haber sentido jamás. Reconoció ese tono de voz. Era el tono de los hombres que creen que el mundo les pertenece porque tienen una chequera gorda en el bolsillo. Era el tono que él mismo había usado tantas veces para cerrar negocios sin importarle a quién pisoteaba.
Alfonso salió a la entrada, con los hombros caídos pero la frente en alto. Doña María se abrazó a sus hijos en un rincón, temblando.
—Señor, ya le dije que estas tierras son de mi familia desde hace tres generaciones —dijo Alfonso con voz suplicante—. Es todo lo que tenemos. Si nos quita esto, ¿a dónde vamos a ir?
—Ese no es mi problema —respondió el tipo del traje, encendiendo un cigarrillo con desprecio—. El progreso no espera a nadie, y mi jefe quiere construir un complejo turístico aquí. Así que firma o prepárate para lo peor.
Julián, desde la sombra de la cabaña, apretó los puños. Sabía exactamente quién era ese «jefe» del que hablaba el muchacho. Era uno de sus propios socios comerciales, un hombre sin escrúpulos llamado Valenzuela.
En ese momento, Julián comprendió que su llegada a ese pueblo no había sido un accidente. El destino lo había llevado allí para enfrentar el monstruo que él mismo había ayudado a alimentar durante años.
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