Todas las noches, a las doce en punto, el viejo del departamento de arriba tocaba el piano. Melodías tristes, lentas, que atravesaban el techo como agua. Al principio me molestaba. Después me acostumbré. Después no supe dormir sin ellas.
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Nunca hablamos más de dos palabras en el ascensor. Buenos días, buenas noches. Yo no sabía su nombre y él no sabía el mío. Éramos vecinos de esos que comparten paredes pero no vidas.
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