Mi abuela nunca recibió esa carta. Creyó que el hombre la había abandonado. Se casó con otro por despecho, un matrimonio triste del que nació mi madre, y de mi madre nací yo. Toda mi existencia colgaba de una carta perdida.
Publicidad
Busqué al hombre por curiosidad, sin esperanza. Seguía vivo, muy anciano, en un asilo del otro lado del mundo. Le llevé la carta en persona. La leyó con manos temblorosas la respuesta que nunca recibió a la pregunta que hizo medio siglo atrás.
Publicidad