Continuamos con la historia justo donde la dejamos, en medio de esa noche de misterio y fe…
Aquella noche fue extraña en el valle.
No hubo viento, no hubo el habitual canto de los grillos.
El silencio era tan denso que se podía sentir en la piel.
Mateo durmió profundamente, como no lo había hecho en años, libre de la angustia que lo carcomía.
Soñó con un río caudaloso que nacía de las manos de su madre.
Soñó que el agua no era transparente, sino de un color dorado que sanaba todo lo que tocaba.
Mientras tanto, en la mansión de Don Julián, la situación era muy diferente.
El terrateniente no podía pegar el ojo.
Daba vueltas en su cama de sábanas de seda importada, sintiendo un calor sofocante.
Se levantó a beber agua de su moderno dispensador, pero al probarla, la escupió de inmediato.
—¿Qué es esto? —gritó a la nada—.
—Sabe a óxido… a podrido.
Revisó los filtros, llamó a sus empleados a gritos, pero nadie respondía.
Un presentimiento oscuro empezó a crecer en su pecho, pero su soberbia lo obligó a ignorarlo.
—Mañana me quedaré con las tierras de esos muertos de hambre —se dijo a sí mismo—, y todo volverá a la normalidad.
A las cinco de la mañana, tal como el mendigo le había indicado, Mateo despertó.
La casa estaba fresca, una sensación casi olvidada en medio de la sequía.
Su madre ya estaba en pie, esperándolo con una vela encendida.
—Hijo, el hombre se ha ido —dijo Doña Elena en un susurro—.
—Fui a llevarle una manta y ya no estaba. Pero dejó esto en la mesa.
Era una pequeña piedra blanca, perfectamente redonda, que brillaba con una luz tenue y plateada.
—Vamos al pozo, madre —dijo Mateo, recordando las palabras del anciano.
Caminaron por el sendero oscuro hacia el viejo pozo que su abuelo había excavado hace cincuenta años.
Hacía décadas que ese pozo estaba seco, usado solo para tirar escombros o ramas secas.
Al llegar, Mateo sintió un escalofrío.
Del fondo del pozo no venía el olor a tierra muerta, sino un aroma a flores frescas y a tierra mojada.
Mateo se asomó con cuidado, sosteniendo la linterna.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
El agua estaba allí.
Pero no era un charco estancado.
Era un agua cristalina que subía y subía, borboteando con una fuerza alegre.
En menos de cinco minutos, el agua alcanzó el borde del pozo y empezó a desbordarse, creando un pequeño arroyo que corría directo hacia los surcos del maíz.
—¡Es un milagro, Mateo! —gritó Doña Elena, cayendo de rodillas—.
—¡Es la bendición que nos prometió!
Mateo metió las manos en el agua. Estaba helada, pura, casi dulce al tacto.
De repente, recordó la piedra blanca que su madre llevaba.
Al acercarla al agua, la piedra empezó a brillar con más intensidad y, ante sus ojos, el agua que tocaba los campos secos hacía que la vida brotara al instante.
El maíz, que estaba marchito y gris, se enderezó y se volvió de un verde esmeralda profundo en cuestión de segundos.
—¡Corre, madre! ¡Busca las herramientas! —gritó Mateo, lleno de una energía sobrenatural.
Mientras ellos celebraban con lágrimas en los ojos, una polvareda se divisaba a lo lejos.
Eran tres camionetas negras que avanzaban a gran velocidad.
Don Julián venía dispuesto a ejecutar su amenaza.
Acompañado de un abogado con cara de pocos amigos y dos hombres de seguridad, Julián bajó del vehículo con un fajo de papeles en la mano.
—¡Se acabó el tiempo, Mateo! —gritó Julián antes de ver lo que ocurría—.
—O firmas o…
Se detuvo en seco.
Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
Miró el pozo que rebosaba agua.
Miró el campo de maíz, que ahora parecía un jardín del Edén en medio del desierto.
—¿Qué… qué es esto? —balbuceó el rico—.
—¿De dónde sacaste esta agua? ¿Rompiste mis tuberías? ¡Te voy a meter a la cárcel!
—No hay tuberías, Don Julián —respondió Mateo con una calma que desarmaba—.
—Este es el pozo viejo. El que usted dijo que solo servía para enterrar basura.
—Parece que la tierra decidió hablarnos hoy.
Julián corrió hacia el pozo, empujando a Mateo.
Metió la cabeza, buscando una bomba oculta, un motor, algo que explicara la lógica de su mundo de dinero.
Pero no encontró nada.
Desesperado, intentó beber el agua con sus manos, pero en cuanto el agua tocó sus labios, se volvió amarga como la hiel.
Julián escupió y gritó de frustración.
—¡Esto es un truco! ¡Ustedes hicieron algo! —rugió—.
En ese momento, el teléfono de Don Julián empezó a sonar con una insistencia frenética.
Era su administrador principal desde la ciudad.
—¿Qué quieres? ¡Estoy ocupado! —ladró Julián.
La voz al otro lado del teléfono temblaba tanto que se escuchaba a varios metros de distancia.
—Señor… no sé cómo decírselo.
—Hubo un sismo extraño hace una hora. Solo afectó sus propiedades.
—El gran embalse que usted construyó ilegalmente… se hundió.
—La tierra se abrió y se tragó toda el agua.
—Y no solo eso… los almacenes donde guardaba toda la cosecha del año pasado se incendiaron de la nada.
—Estamos en la ruina, señor. Los bancos ya están congelando las cuentas porque no hay garantías.
Julián sintió que las piernas se le volvían de trapo.
Se desplomó sobre el barro que se estaba formando alrededor del milagroso pozo de Mateo.
Sus ropas caras de diseñador se mancharon de lodo.
El abogado, al ver que el hombre ya no tenía poder ni dinero para pagarle, simplemente dio media vuelta, subió a una de las camionetas y se fue sin decir una palabra.
Los guardias de seguridad hicieron lo mismo.
Nadie quería estar cerca de un hombre cuyo imperio se derrumbaba como un castillo de naipes.
—No… no puede ser —lloriqueaba Julián, hundiendo sus dedos en el barro—.
—Todo mi esfuerzo… toda mi vida…
Mateo y Doña Elena lo miraban desde arriba.
No había alegría en sus rostros, solo una profunda compasión.
Sabían que lo que estaban presenciando no era solo una quiebra económica, sino la quiebra de un alma que se había creído eterna.
De pronto, el mendigo volvió a aparecer.
Caminaba entre los surcos de maíz verde, pero ya no se veía cansado ni sucio.
Aunque vestía los mismos harapos, su presencia imponía un respeto que hacía que hasta el aire se detuviera.
—La justicia es como el agua —dijo el anciano, acercándose al grupo—.
—Siempre encuentra su nivel.
—Al que dio de beber al sediento, nunca le faltará el manantial.
—Pero al que usó el agua para humillar a sus hermanos, la tierra le devolverá solo polvo.
Julián levantó la vista, reconociendo al hombre que había humillado el día anterior.
—¡Tú! —gritó con odio—.
—¡Tú eres un brujo! ¡Tú me hiciste esto!
El anciano lo miró con una tristeza infinita.
—Yo no te hice nada, Julián. Tú mismo cavaste tu propio pozo de amargura durante años.
—Yo solo vine a ver quién estaba listo para recibir la lluvia.
El anciano extendió su mano hacia el horizonte y, de repente, una neblina dorada empezó a cubrir el lugar.
Mateo sintió que el tiempo se detenía.
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