Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio se hace más profundo…
Don Ricardo miraba el billete como si fuera un objeto sagrado, pero el miedo empezaba a filtrarse por los poros de su piel.
—¿Qué condición? —preguntó el comerciante, tragando saliva con dificultad.
El desconocido se acercó un poco más al mostrador, lo suficiente para que solo Ricardo pudiera sentir la intensidad de su mirada.
—La condición es que, a partir de hoy, tú mismo llevarás los víveres a la casa de Doña Elena todos los lunes a primera hora.
Doña Elena, que seguía abrazando su pequeño pañuelo, no podía creer lo que escuchaba. Sus piernas flaqueaban y tuvo que sostenerse de un poste cercano.
—¿Yo? ¿Llevarle las cosas a su casa? ¡Pero si vivo al otro lado del pueblo! —protestó Ricardo, intentando recuperar un poco de su orgullo herido.
El hombre de la guayabera blanca no parpadeó.
—Cada lunes. Los mejores productos. Las frutas más frescas, la carne más tierna. Y si un solo día llegas tarde, o si le entregas algo que no sea de primera calidad…
El hombre hizo una pausa y el silencio en el mercado fue absoluto. Ni siquiera se escuchaba el pregón de los otros vendedores.
—…entonces el contrato que tienes con el dueño de este terreno quedará anulado de inmediato.
Ricardo palideció tanto que pareció que iba a desmayarse.
—¿El… el dueño del terreno? Pero si nadie ha visto al dueño en veinte años. Dicen que vive en el extranjero, que es un magnate que…
—El dueño está más cerca de lo que crees, Ricardo —interrumpió el hombre con una calma gélida—. Y no le gusta cómo tratas a sus invitados.
Doña Elena observaba la escena con una mezcla de asombro y temor. ¿Quién era este hombre que hablaba con tal autoridad?
En su mente, ella repasaba su vida, buscando algún recuerdo, alguna conexión. Pero nada. Ella solo era una lavandera pobre que apenas salía de su cuarto.
—¿Por qué hace esto por mí? —logró articular Elena, acercándose tímidamente al desconocido.
El hombre se volvió hacia ella y su expresión cambió instantáneamente. La dureza desapareció para dar paso a una ternura que solo un hijo siente por su madre.
—Porque la justicia no siempre llega tarde, Doña Elena. A veces, simplemente espera el momento en que el corazón es más puro.
En ese momento, un grupo de niños que jugaban cerca tropezó y uno de ellos cayó justo a los pies del hombre.
Él lo levantó con una sonrisa, le sacudió el polvo de las rodillas y le entregó un pequeño dulce que sacó de la nada.
—Vayan a jugar con cuidado —les dijo con dulzura.
Ricardo, mientras tanto, estaba frenético. Empezó a llenar bolsas de papel con lo mejor de su mercancía.
Manzanas rojas perfectas, aguacates que parecían mantequilla, arroz de grano largo, y una pieza de lomo de res que guardaba para su propia cena.
—¡Aquí tiene, Doña Elena! ¡Lo mejor de lo mejor! —decía Ricardo con una voz melosa y falsa, tratando desesperadamente de complacer al extraño.
La gente del mercado empezó a aplaudir. Algunos gritaban de alegría, celebrando que el tirano del pasillo siete por fin hubiera encontrado su horma del zapato.
Pero el desconocido no parecía disfrutar del espectáculo. Su atención estaba totalmente centrada en Elena.
—Venga conmigo, señora. Hay alguien que quiere verla —dijo el hombre, ofreciéndole su brazo con una caballerosidad de otra época.
Elena dudó. Ella no solía confiar en extraños, pero había algo en ese hombre, una fragancia a jazmines y a tierra mojada, que le recordaba a su propia infancia.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, dejándose guiar por el pasillo central del mercado.
—A recuperar lo que el tiempo le robó —respondió él crípticamente.
Caminaron entre los puestos, y lo que sucedió a continuación fue aún más extraño.
A medida que pasaban, los vendedores más humildes, aquellos que siempre habían sido amables con Elena, encontraban billetes de alta denominación entre sus frutas o en sus cajas registradoras.
Era como si una estela de bendiciones fuera siguiendo los pasos de aquel hombre misterioso.
Llegaron a la salida del mercado, donde una camioneta negra, lujosa y reluciente, esperaba con el motor encendido.
Un chofer vestido de uniforme bajó rápidamente para abrir la puerta trasera.
—Suba, por favor —invitó el hombre de blanco.
Doña Elena miró sus ropas humildes, sus zapatos rotos y sus manos sucias por el agua del charco.
—Señor, yo no puedo subir ahí… voy a ensuciar su coche —dijo ella avergonzada.
El hombre la miró a los ojos y, por primera vez, Elena vio una pequeña lágrima asomarse en la mirada del desconocido.
—Usted nunca podría ensuciar nada, Doña Elena. Usted es la persona más limpia que he conocido en este pueblo.
Elena subió al vehículo, sintiendo la suavidad del cuero bajo sus dedos. El coche arrancó con un murmullo casi imperceptible.
Mientras se alejaban del mercado, ella vio por la ventana a Don Ricardo cargando las pesadas bolsas hacia un taxi, cumpliendo su primera entrega con una expresión de absoluto terror.
El viaje fue corto, pero para Elena se sintió como un sueño.
Se detuvieron frente a una casa grande, de paredes blancas y tejas rojas, rodeada de un jardín lleno de flores que ella misma solía cuidar cuando era joven.
Era la antigua hacienda de la familia Valderrama, el lugar donde ella trabajó como ama de llaves durante treinta años antes de que la propiedad quedara en el abandono tras la muerte de los patrones.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó ella con el corazón latiendo a mil por hora—. Esta casa está cerrada desde hace mucho.
—Ya no —dijo el hombre, bajando del coche y ayudándola a descender.
Las grandes puertas de madera se abrieron de par en par.
En el umbral, una mujer joven, vestida de enfermera, los esperaba con una sonrisa cálida.
—Bienvenida a casa, Doña Elena —dijo la joven.
Elena entró al recibidor y sintió que el tiempo retrocedía. Todo estaba exactamente como ella lo recordaba, pero restaurado, limpio y brillante.
Pero lo más impactante no fue la casa.
En la pared principal, donde antes colgaba el retrato de los antiguos dueños, ahora había una fotografía enorme de una mujer joven cargando a un bebé.
Elena se llevó las manos a la boca. Era ella. Era una foto de hacía cuarenta años.
—Ese bebé… —susurró ella, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.
El hombre de la guayabera blanca se colocó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—Ese bebé nunca se olvidó de quién le dio de comer cuando no había nada, Doña Elena.
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