Sabía que no podías quedarte con la duda de qué pasó después de ese último desplante; aquí tienes el resto de esta historia que te tocará el alma.
Don Julián ni siquiera se bajó de su camioneta blindada.
Desde lo alto de su asiento de cuero, ajustó sus gafas de sol y miró con un desprecio infinito a Mateo.
El joven agricultor tenía la camisa empapada en sudor y la piel curtida por un sol que no daba tregua.
A su lado, su madre, Doña Elena, sostenía un viejo rosario entre sus manos temblorosas.
—Te lo dije hace un mes, Mateo —sentenció Julián, dejando que el humo de su cigarro flotara en el aire caliente—.
—El agua de este valle tiene dueño, y ese dueño soy yo.
Mateo apretó los puños, pero mantuvo la cabeza baja.
Sabía que un arranque de ira solo empeoraría las cosas para su madre.
—Don Julián, por favor —suplicó el joven con voz ronca—.
—La cosecha se está muriendo. Si no abrimos las compuertas solo un par de horas, perderemos todo el maíz.
—Y con eso, perderemos la casa que mi abuelo construyó con sus propias manos.
El terrateniente soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad.
—El sentimentalismo no paga deudas, muchacho.
—Si quieres agua, págame lo que me debes por el uso del camino el año pasado.
—O mejor aún, firma el documento que te traje.
—Entrégame estas hectáreas secas y vete a buscar suerte a la ciudad con la vieja.
Doña Elena dio un paso al frente, apoyándose en su bastón de madera de naranjo.
—Don Julián —dijo ella con una serenidad que contrastaba con la arrogancia del hombre—.
—Usted ya tiene más de lo que puede gastar en diez vidas.
—¿Para qué quiere este pedazo de tierra que apenas nos da para comer?
Julián se quitó las gafas y sus ojos brillaron con una codicia oscura.
—No es por la comida, doña. Es por el poder.
—En este pueblo no se mueve una hoja sin que yo lo autorice.
—Y verlos a ustedes aquí, resistiéndose a mis ofertas, me quita el sueño.
En ese momento, el calor parecía volverse insoportable.
El polvo del camino se levantó en un pequeño remolino, nublando la vista por un segundo.
Cuando el polvo se asentó, una figura apareció al final del sendero.
Era un hombre mayor, vestido con harapos que alguna vez fueron blancos.
Caminaba con dificultad, arrastrando los pies y apoyándose en un palo largo.
Su rostro estaba cubierto por una barba canosa y una costra de suciedad y cansancio.
—¡Miren eso! —gritó Julián, señalando al mendigo con burla—.
—Parece que hoy es el día de los muertos de hambre.
—Seguro viene a pedirme una moneda para su aguardiente.
El mendigo se acercó lentamente a la camioneta de Julián.
Extendió una mano temblorosa, con la palma hacia arriba.
—Agua… —susurró el hombre con una voz que parecía venir de lo más profundo de una cueva—.
—Un poco de agua, por el amor de Dios. Me desmayo de sed.
Julián, sin mostrar ni un ápice de compasión, tomó una botella de agua mineral que tenía en el portavasos.
Era agua helada, con gotas de condensación resbalando por el plástico.
El mendigo estiró la mano, sus ojos se iluminaron con esperanza.
Pero justo antes de que el hombre pudiera tocarla, Julián abrió la botella y la vació lentamente sobre la tierra seca.
—¿Ves esto? —dijo Julián mientras el agua desaparecía en el polvo—.
—Prefiero que la tierra se la trague antes que dársela a un bulto de basura como tú.
—Lárgate de mi vista antes de que le diga a mis perros que te den la bienvenida.
Mateo y su madre observaron la escena con el corazón encogido.
La crueldad de aquel hombre no conocía límites.
El mendigo bajó la cabeza, su cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de una debilidad extrema.
—Venga conmigo, señor —dijo Mateo, ignorando la mirada asesina de Julián—.
Mateo se acercó al anciano y lo tomó del brazo con delicadeza.
—Venga a la sombra de nuestro porche. No tenemos mucho, pero algo encontraremos.
Julián encendió el motor de su camioneta, haciendo que el potente motor rugiera con soberbia.
—¡Eso es! —gritó el rico—.
—Junten toda la miseria en un solo lugar.
—Mañana vendré con el abogado y la policía, Mateo.
—O firmas, o los saco a patadas de esta tierra que ya no vale ni el polvo que levantan.
La camioneta arrancó a toda velocidad, dejando una nube de humo negro y tierra que obligó a los tres a toser.
Mateo llevó al mendigo hasta la pequeña mesa de madera bajo el techo de paja.
Doña Elena fue directo a la cocina, donde guardaban la última jarra de agua que habían sacado del pozo esa mañana.
Era un agua turbia, de un pozo que ya estaba en las últimas, pero era todo lo que tenían.
—Tome, abuelo —dijo Doña Elena, ofreciéndole un jarro de barro—.
—Beba despacio, que el cuerpo se asusta cuando tiene mucha sed.
El mendigo bebió con una avidez desesperada, cerrando los ojos.
Cuando terminó, suspiró profundamente y miró a la mujer con unos ojos que, extrañamente, parecían haber recuperado un brillo azul intenso.
—Gracias, señora —dijo el hombre—.
—Ustedes han compartido conmigo lo poco que les queda, mientras aquel hombre despreció lo que le sobra.
—No se preocupe por eso —respondió Mateo con amargura—.
—Julián siempre ha sido así. Cree que el dinero lo hace dueño de las almas.
—Pero mi madre dice que Dios tarda, pero no olvida.
El mendigo sonrió de una manera muy particular, una sonrisa que parecía iluminar el rincón más oscuro de la humilde vivienda.
—Su madre tiene mucha razón, joven —dijo el anciano—.
—A veces, las pruebas más difíciles son solo el preludio de las bendiciones más grandes.
—Dígame, Mateo, ¿qué es lo que más desea su corazón en este momento?
Mateo miró hacia sus tierras agrietadas, hacia el maíz que se doblaba bajo el peso del calor.
—Solo deseo que mi madre no sufra —dijo con sinceridad—.
—Que no tengamos que dejar este lugar. Esta tierra es nuestra historia.
—Si tan solo hubiera agua… solo un poco de agua para salvar la cosecha.
El anciano se puso de pie con una agilidad que no parecía propia de alguien que hace minutos no podía caminar.
Se acercó a Mateo y le puso una mano en el hombro.
—La fe mueve montañas, pero la compasión mueve el corazón del cielo.
—Vayan a descansar. Mañana, antes de que el sol despunte, salgan al pozo viejo.
Mateo quiso preguntar a qué se refería, pero el cansancio de un día de trabajo bajo el sol empezó a pesarle en los párpados.
Sin darse cuenta, sintió una paz inmensa que lo envolvió por completo.
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